Angélica Palma por Francisco Martínez Hoyos

Tener un padre famoso puede ser una bendición… o la mejor manera de quedar anulado por su alargada sombra. En el caso de Angélica Palma la dos cosas a la vez. Recordada por ser la hija de Ricardo, el célebre artífice de las Tradiciones Peruanas, desarrolló una amplia labor como escritora, periodista y defensora de los derechos de la mujer, injustamente menospreciada por la posteridad. Por suerte, María Pía Sirvent de Luca ha rescatado su biografía en Angélica Palma: su vida y su obra (1878-1935), tesis doctoral presentada el pasado mes de marzo en la Universidad Complutense de Madrid. La investigación, fruto de un paciente trabajo en diversos archivos, recoge los numerosos escritos de la “peruana española”, como la llamaron en su tiempo. No en vano, ya que dedicó muchos esfuerzos al mutuo acercamiento entre Perú y España, país en el que vivió varios años y donde hizo buenas amistades. Se quejó entonces de algo que, por desgracia, aún no se ha remediado, el escaso conocimiento español de su antiguo virreinato. No obstante, también admitió la responsabilidad en tal desencuentro de sus compatriotas: a su juicio, esperaban que los demás fueran a buscarles en lugar publicitarse a sí mismos.
Como bien dice Sirvent de Luca, Angélica casi aprendió a escribir antes que hablar. Se formó en un hogar donde la literatura constituía una presencia cotidiana, bajo el influjo determinante de un padre entregado a los libros, tanto los suyos como los de la Biblioteca Nacional bajo su dirección. Asimismo, su hermano Clemente destacó por sus cuentos, sólo que en una línea más transgresora, aficionado a las atmósferas siniestras de Edgar Allan Poe.
Sin embargo, mientras vivió el “abuelito de Miraflores”, su primogénita postergó la pluma para consagrarse, con ejemplar abnegación, al cuidado de un hombre al que sus años impedían el trabajo intelectual. Lo mismo contestaba sus cartas que le conducía, en silla de ruedas, a los escasos actos públicos a los que aún asistía. Tras su muerte, siguió siendo la hija modélica, entregada a la divulgación de la obra palmista, pero contó por fin con la libertad de hacer su propia vida. Poco tiempo después, viajó a España, se relacionó con los círculos literarios más selectos, con amigas de la talla de las escritoras Carmen de Burgos o Concha Espina. Y, más importante aún, consiguió que la valoraran por sí misma y no por lo ilustre de su apellido.
Si un talento la caracterizó, ese fue el periodístico. Hasta el punto de ser la primera profesional de este ámbito, en la historia peruana, que ganó lo suficiente para llevar una vida desahogada. Desde España, envió sus crónicas a diferentes medios, como la revista Variedades, dirigida por su hermano Clemente, acerca de los pormenores políticos, sociales y culturales de la península. Comenta, por ejemplo, la interferencia del poder político en la vida del Ateneo de Madrid, una de las instituciones culturales más abiertas a las innovaciones. O se refiere, con toda razón, al carácter “justificadamente impopular” de la guerra de Marruecos.
Menor empaque posee su narrativa, con títulos como Vencida, Por senda propia o Coloniaje romántico, ninguno de ellos con demasiada originalidad. Aunque con el mérito de reflejar el contraste entre la Lima tradicional y la moderna, con un ritmo de vida más acelerado, más influido por las costumbres extranjeras. En este intento de novelar la realidad peruana, la influencia del español Benito Pérez Galdós y de su Episodios Nacionales resultó determinante.
En cuanto a su faceta “feminista”, cierto que no fue una militante en el sentido actual de la palabra, pero no dejó de reivindicar el voto para la mujer. Aunque, para ella, la educación resultaba prioritaria, porque garantizaba el ejercicio consciente del sufragio y, sobre todo, por abría la puerta hacia la mayoría de edad. Todo lo contrario de lo que sucedía hasta entonces, con una sociedad que daba por supuesto que las jóvenes sólo debían leer historias de color de rosa. Angélica señalaba, con agudeza, la contradicción implícita en este prejuicio: pregonar la supuesta inocencia de las mujeres equivalía a reconocerlas inútiles para desenvolverse en el mundo. La sobredosis de candor resultaba, de hecho, incompatible con la “simple lógica de la vida”. Por eso mismo, a nuestra autora le habría encantado realizar un “auto de fe” con las cursiladas de una Carlota Braeme o una María del Pilar Sinués, especialistas en folletines empalagosos.
Por otra parte, defendió el derecho de las literatas a entrar en la Real Academia, coto masculino celosamente resguardado, en contraposición a la postura “tradicional”, valga el juego de palabras, de su padre, para quién los encajes y la severidad de la institución casaban tanto como el agua y el aceite. A su vez, formó parte de asociaciones como la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas, o el Consejo Nacional de Mujeres del Perú, con puestos de responsabilidad en ambas.
La tesis de Sirvent de Luca nos rescata a una figura excepcional que, inevitablemente, fue tan hija de sus padres como de unas circunstancias históricas recogidas con aquí con todo detalle, se trate de las tertulias literarias del momento o de la evolución urbanística de la capital limeña. Gracias a su talento y a su tesón, Angélica Palma dejó una obra que la sitúa, por méritos propios, en lo más alto de la intelectualidad peruana de principios del siglo pasado, dentro de una importante tradición de escritura femenina representada por una Clorinda Matto de Turner o una Mercedes Cabello de Carbonera.

Francisco Martínez Hoyos
Escritor e historiador español

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *