LA MIRADA DEL OTRO: RICARDO PALMA Y ESPAÑA ,Francisco Martínez Hoyos (Barcelona)

Cuando Mario Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura, reconoció la importancia que España tuvo en su carrera literaria. Era consciente de que, si quería ser de verdad escritor, no podía continuar en su tierra, porque así sólo podría dedicarse a la literatura en los días festivos, una vez concluidas sus obligaciones “alimenticias”. Por eso recaló en París, más tarde en Barcelona. Decidido a entregarse a tiempo completo a una vocación exclusiva y excluyente. Con un éxito más que notable, porque de Cataluña saldría su primer reconocimiento importante, en forma del premio Biblioteca Breve con el que fue galardonada La ciudad y los perros, su primera novela. Sería también la ciudad condal, convertida, en cierto sentido, en la capital cultural de América Latina, donde una mítica agente, Carmen Balcells, le facilitaría el camino al estrellato .
En esos momentos, un gran numero de escritores y poetas sudamericanos buscaban en España un altavoz para su obra. Allí se encontraba también, por citar un solo ejemplo, Gabriel García Márquez, entonces amigo íntimo y más tarde rival de “Zavalita”. Tal fenómeno, sin embargo, dista de ser completamente novedoso. Ya finales del siglo XIX encontramos un importante influjo peninsular entre los escritores peruanos. Así, el historiador Riva Agüero reconocía en Menéndez Pelayo a su “maestro predilecto”, pese a los puntos de vista antagónicos entre un anticlerical limeño y un católico a machamartillo santanderino . Este último era uno de los pocos expertos españoles en literatura hispanoamericana, junto a Juan Valera y Miguel de Unamuno, un intelectual apasionado y paradójico llamado a ejercer un magisterio aún más notable al antiguo país de los incas, muy bien documentado en su epistolario. Tampoco hay que olvidar, por otra parte, que ciertos autores del Perú buscaron publicar sus trabajos en Madrid o Barcelona, a la par que solicitaban prólogos o presentaciones a figuras prestigiadas como Emilia Pardo Bazán o el propio Unamuno. Al pensador vasco le escribía, por ejemplo, el poeta Santos Chocano en demanda de unas líneas que le presentaran al público español, para el que era un absoluto desconocido. Clemente Palma hizo lo propio, en una divertidísima misiva, consiguiendo así unas palabras para sus Cuentos malévolos . Otros, en cambio, no tuvieron tanta suerte. Manuel González Prada permaneció en la península entre 1896 y 1897, en un viaje en el que trabó contacto con círculos librepensadores y republicanos. Sin embargo vio frustrado su intento de colaborar en revistas españolas .
Para profundizar en estos vínculos culturales entre los dos países, nada mejor que seguir al padre de Clemente, Ricardo Palma, el literato más célebre del ochocientos peruano, el Vargas Llosa de su tiempo por fama, en su periplo por tierras españolas, así como en su copiosa correspondencia con los interlocutores hispanos más relevantes . Palma, en aquella coyuntura finisecular, gozaba de popularidad en toda Latinoamérica gracias a sus Tradiciones peruanas. La tradición venía a ser un nuevo género, en el que mezclaba la historia y la leyenda, con un estilo ágil y anecdótico, plagado de humorismo, con el que recorrió desde la conquista hasta la independencia.
Para sus adversarios, entre los que brillaba uno especialmente furibundo, Manuel González Prada, su figura equivalía a frivolidad. Peor aún, a una querencia retrógrada por tiempos definitivamente muertos, expresada en los arcaísmos de su lenguaje. Por esta nostalgia de la era colonial, su obra no merecía sino rechazo. ¿Acaso no era filoespañol cuando lo que el país necesitaba eran intelectuales orientados hacia Europa? Más que mirar al pasado, el escritor debía orientarse hacia el futuro, hacia las ideas nuevas . Otros críticos, en cambio, apuntaron que una cosa era ser tradicionista y otra muy distinta tradicionalista. Cierto que Palma recreaba el Perú virreinal, apuntó el marxista Mariategui, pero lo hizo desde ironía y la irreverencia.
Como veremos, se trata de un hombre bien relacionado con los círculos más selectos de las letras y la política. Lo mismo trabó amistad con los emblemas más o menos recalcitrantes de la España oficial que con aquellos que ofrecían alternativas políticas y culturales. Pensamos, sobre todo, en sus contactos con Cataluña. Se transforma así en un observador privilegiado de la conflictiva dinámica centro-periferia, con una clara apuesta por el dinamismo industrial de Barcelona frente al símbolo del estancamiento en que se ha convertido Madrid.

Las expectativas de un aniversario
En 1892, tuvieron los fastos conmemorativos del cuarto centenario del descubrimiento de América . En los años precedentes, diversas iniciativas habían apostado a fortalecer los lazos intelectuales entre la comunidad iberoamericana. Surgieron con este fin revistas como La Ilustración Española y Americana, o entidades como la Unión Ibero-Americana, dirigida a “estrechar las relaciones de los escritores de América Latina, con los de la vieja metrópoli, por medio del comercio de las ideas y el cambio de sus producciones literarias” .
España, pese a su grave crisis económica y social, apostó por la organización de un evento con el que esperaba relanzar su imagen internacional. Como era de esperar, se patrocinó una visión de la conquista y la colonización que, si de algo pecaba, no era de autocrítica. Había que cantar las antiguas glorias con vistas a articular un relato acerca de la identidad patria, de manera que pudiera fortalecerse el estado-nación . Tal vez por el exceso de triunfalismo llegaron tan pocos representantes hispanoamericanos, apenas unos trescientos. La frialdad de la repuesta, según Palma, obedecía un sentimiento de indiferencia hacia la antigua metrópoli. Las nuevas generaciones volvían su mirada hacia Alemania o Francia, en busca de referentes para la tan ansiada modernización de sus países. Los resabios neocolonialistas de Madrid no contribuían, por otra parte, a normalizar las relaciones. Se creaba así un distanciamiento ilógico entre comunidades a las que unía una misma lengua y una misma cultura.
A nuestro tradicionista, los múltiples actos programados le despertaron un profundo interés. Muy superior, según confesión propia, al de la Exposición Universal de Chicago que por entonces se preparaba. Por ello, se preparó ilusionado para viajar a España, al contar con una excedencia que le había concedido al gobierno. Participaría en congresos, conferencias, discursos y exposiciones como representante oficial de su país, con la categoría de ministro. De hecho, fue el único en desplazarse en nombre del Perú. La escritora Mercedes Cabello, finalmente, no llegó a viajar, sin que se conozcan con exactitud las razones.
Era la primera vez que Palma visitaba la península y llegaba acompañado de dos de sus hijos, Angélica y Ricardo, de trece y once años. Tuvo así la oportunidad de visitar diversas ciudades. Madrid, naturalmente, donde permaneció varios meses, pero también Burgos, Huelva, Córdoba, Sevilla o Barcelona. Su labor para favorecer el acercamiento cultural entre España y Perú iba a ser incansable, no sólo en el terreno de las humanidades, también en el ámbito científico. Para impulsar una Academia de Ciencias correspondiente de la de Madrid, contactó con un eminente farmacólogo y bioquímico, José Rodriguez Carracido, al que entregó un ejemplar del Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, por más que su contenido nada tuviera que ver, en su mayoría, con las ciencias exactas .

La república de las letras
Durante su estancia coincidió con otros escritores latinoamericanos que también representaban a sus países, caso de Rubén Darío, Zorrilla de San Martín o Juan Ferraz, con los que coincidía los sábados por la noche, en la tertulia de Juan Valera, quién les invitaba con total solicitud. Trató, por otra parte, con la flor y nata de las letras españolas, ya hablemos de dramaturgos como Tamayo y Baus, poetas como Campoamor o novelistas de renombre, caso del citado Valera o de Emilia Pardo Bazán. Asistió a la tertulia semanal de esta última, a la que solicitó un prólogo para Lucecitas, de la peruana Teresa González de Fanning. Palma se desesperaba ante la tardanza de la escritora gallega, ya que el libro estaba impreso y sólo faltaban sus palabras de presentación. Ella, finalmente, entregó un texto que al peruano le pareció decepcionante, algo escrito con rapidez, simplemente para salir del paso, en el que también mencionaba a otras escritoras peruanas como Clorinda Matto de Turner, Mercedes Cabello de Carbonera, Amalia Puga y Lastenia Larriva. Elogiaba a González de Fanning, sí, pero meramente por cortesía, encareciendo lo agradable de su lectura, a la vez que marcaba distancias con una escritora con la que no tenía ninguna similitud ideología, vistas sus opiniones tímidas y atrasadas. Tenía razón, ya que la peruana, pese a defender a los derechos femeninos, lo hacía desde una moderación extrema, hasta el punto de considerar inconveniente que la literatura fuera para la mujer una distracción. Todo lo más, admitía en las letras un entretenimiento provechoso .
Palma, evidentemente, no estaba de acuerdo en tildar de “pacata” a la Fanning, por lo que en sus Recuerdos de España la defiende frente a la Pardo Bazán. En cuestiones de género, su postura siempre fue declaradamente antifeminista, advirtiendo una y otra vez a sus colegas, como Clorinda Matto de Turner, que no se mezclaran en cuestiones de hombres.

Entre la clase gobernante
En España, aunque su objetivo era la historia y la literatura, no la política, tampoco le faltaron contactos con los más relevantes estadistas. A destacar, sobre todo, su amistad con el líder conservador Antonio Cánovas del Castillo. Casado, por cierto, con una limeña. Su domicilio le impresionó vivamente por su magnificencia, de la que dejó una vívida descripción en carta a su esposa, Cristina:

“No alcanzarás nunca a imaginarte, como no me lo imaginaba yo, el lujo de la casa de Cánovas. Hay seis ó siete salones, todos distintos en su mueblaje y ornamentación. Uno de ellos es una galería de cristales con plantas y arbolillos tropicales” .

La nutrida biblioteca del político malagueño no podía menos que impresionarle. “¡Cosa soberbia!”, anota deslumbrado. Sólo tres amplios salones albergan treinta mil volúmenes, es decir, una cantidad casi equivalente a la de la Biblioteca Nacional del Perú. Palma, director de esta institución, luchaba arduamente por recomponer un fondo bibliográfico muy maltrecho tras el saqueo de las tropas chilenas, durante la desastrosa guerra del Pacífico. Tras el conflicto, quedó en una posición económica tan precaria que se planteó emigrar para poder mantener a su familia. Fue entonces cuando el gobierno le ofreció la dirección de la biblioteca, con la intención de que aprovechara su amplia red de contactos epistolares, en el viejo y el nuevo mundo, en beneficio de la Institución. Palma, sin saber aún a que atenerse, preguntó si se pretendía que se convirtiera en bibliotecario mendigo. Le respondieron que, efectivamente, se trataba de eso. Pese a lo escaso del sueldo, aceptó y se dedicó con entusiasmo a solicitar a las almas generosas donaciones de nuevos libros.
Visto lo visto, no es de extrañar su reacción ante la colección personal del español, que cuenta, además, con la ventaja de la iluminación eléctrica. Unos medios materiales que contrastaban de forma hiriente con su pobreza de recursos. Así, en Madrid, tuvo ocasión de adquirir un valioso manuscrito inédito para la biblioteca, pagándolo de su propio bolsillo. Después, en Lima, su gobierno ya se lo reembolsaría en el sueldo. Con todo, adquirió varios cientos de libros y solicitó cuantas donaciones pudo a instituciones o escritores.
Tuvo ocasión de ser presentado a la reina regente, María Cristina, pero, empujado por sus convicciones antimonárquicas, dejó pasar la oportunidad. No sin humor, escribió a su esposa que su espina dorsal carecía de flexibilidad para reverencias cortesanas. En la misma carta, dejó un retrato inmisericorde de la soberana, a la que describió como una cuarentona enjuta de carnes, más fea “que un matrimonio mal avenido” pese a su aspecto simpático.
Al acabar su misión diplomática, la reina le nombrara Comendador de la Orden de Isabel la Católica. Aceptará el título por cortesía, pero con frialdad, por tratarse de una distinción de la Corona. No se le ocurrirá hacer uso de ella.

Elogios con claroscuros
Su visión de la España canovista es francamente positiva: le parece un país con más libertad política que el resto de Europa y que muchos estados hispanoamericanos. Prueba de ello sería la práctica, sin obstáculos, del derecho de asociación: todos los partidos podían defender sus ideas y contar con sus propios órganos de prensa. La gente se enfervorizaba con la política, aunque, por suerte, sin llegar a extremos violentos. Todo lo contrario de lo que ocurría en Perú: “Mañana es día de gran ajitación (sic) en toda España, pues se realizarán las elecciones de diputados. Solo que aquí no hay cabezas rotas como entre nosotros” .
En esos comicios parlamentarios, los de 1893, los republicanos se alzaron con la victoria en Madrid, en el mismo corazón de la monarquía, por 26.000 votos contra 22.000 de los candidatos gubernamentales. A Palma, el hecho le pareció tremendamente significativo. Con un exceso de optimismo, le escribió a su mujer que todo hacía suponer que España acabaría el año convertida en República.
El país real, de hecho, no parece muy identificado con la Corona. Su titular, en esos momentos, es un niño de endeble constitución, Alfonso XIII. Pero a sus súbditos, más que por su mala salud, se preocupaban por la grave cornada que acaba de recibir un matador de toros, el Espartero, célebre por su inaudito valor. Así lo anota Palma, sorprendido, para concluir que en España vale más ser torero que rey.
También resultan jugosos sus retratos de la élite política del momento. En sus Recuerdos de España traza semblanzas amables, llenas de elogios que rozan el incienso. Lo realmente jugoso, sin embargo, es su manera de introducir comentarios críticos, a veces contundentes, sin perder la elegancia, la ligereza y la socarronería que siempre fueron su distintivo como escritor. Así, aunque simpatiza con los republicanos, los dibuja como una olla de grillos, un caos imposible de entender. De ahí su debilidad, aunque considera que disfrutan de una mayoría social que no son capaces de aprovechar por su misma fragmentación. Unos pretenden llegar a la república a través de una revolución violenta, otros por evolución, aunque se produzca en un futuro lejano. Entre éstos últimos de cuenta Emilio Castelar, de quien Palma ofrece un retrato lleno de claroscuros. Viene a afirmar que es un político demasiado acomodaticio, cuyos principios no son precisamente de la solidez del peñón de Gibraltar. Su falta de coherencia se refleja en su actitud hacia Cuba, al defender a machamartillo el dominio hispano. Si se trata la isla, no tiene empacho en renunciar a las ideas democráticas que profesa en otros contextos, al dejar que la fidelidad a España prime por encima de cualquier otra consideración. Su liberalismo, por eso, no se distingue por su buena calidad, de acuerdo con el peruano.
Nos encontraríamos, en resumen, ante una figura de gran talento, sobre todo literario, capacitada para muchas cosas menos… para la política. Por más obsequioso que intenta ser Palma, su conclusión acaba por imponerse devastadora: su retratado no es sino otra “ilustre calamidad” de las que abundan en España.
En los carlistas, en cambio, sí percibe la unidad tan escandalosamente ausente entre los republicanos. Tal vez por eso lleguen a triunfar, pese al sectarismo político que los distingue, sobre todo teniendo en cuenta la anarquía que reina entre sus rivales. No obstante, de su líder y pretendiente al trono, don Carlos, habla en términos positivos. Lo había conocido durante su visita a Lima, al recibirlo en la Biblioteca Nacional. Le pareció un hombre muy ilustrado que no respondía al clásico arquetipo del reaccionario. Todo lo contrario, ya que no estaba “lejos de transigir con muchas de las ideas modernas que la marcha progresiva de la humanidad ha impuesto” .

La contienda con los académicos
No obstante, las cosas del idioma le interesaban mucho más que las de la política. Cada jueves, asistía a las sesiones de la Real Academia de la Lengua, dispuesto a librar una difícil batalla: la de introducir en el diccionario múltiples neologismos americanos. Sin embargo, lejos de hallar oídos receptivos, encontró una incomprensión total que le produjo gran amargura. Apenas unos pocos, entre ellos Campoamor, Castelar y el catalán Víctor Balaguer, votaron a favor de su iniciativa. Éste último, en perfecta sintonía con sus inquietudes, se quejó de que los españoles no quisieran aceptar que el tiempo de su dominio sobre América había pasado para siempre .
El resto los académicos mantenía una actitud de total intransigencia lingüística que sólo contribuía a enajenarles las simpatías de los sudamericanos. Castelar intervino para argumentar que el criterio de la Academia tenía que ser forzosamente conservador, de manera que preservara la lengua española de formas ilícitas. Palma no tenía razón en molestarse porque tampoco se habían admitido términos utilizados por escritores tan ilustres como Campoamor, Menéndez Pelayo o Balaguer, todos ellos académicos . El tradicionista, sin embargo, no quedó convencido. A sus ojos, el rechazo al español del otro lado del Atlántico resultaba algo incomprensible y vejatorio, en cuanto demostración de un doble rasero escandaloso. Se podían admitir provincialismos de Albacete o Teruel, pero no palabras que en el Nuevo Mundo utilizaban millones de personas. Si se había llegado a esta situación, ello se debía, a su juicio, a que las decisiones se hallaban en manos de personas por completo incompetentes, la mayoría con más méritos políticos que lingüísticos o literarios. Incapaces, en consecuencia, de la menor aportación científica. En su correspondencia privada, no escatima los sarcasmos más hirientes para fustigarlos:

“¿Cómo podré yo reconocer que el Señor Commelerán, por ejemplo, que en mi tierra, no pasaría de maestro de villorrio, sea autoridad competente para fallar en cuestiones de lenguaje? Y lo que digo á U. de Commelerán lo aplico a D. Eduardo Saavedra, á Barrantes y á otros, que serán eminencias en todo menos en letras, y al mismo padre Mir, el de la revesada sintaxis, á quien debe la lengua castellana el portentoso descubrimiento de que armonía debe escribirse con h”.

A criterio de los conservadores más recalcitrantes, escribir un castellano correcto equivalía a emplear los modismos peninsulares, desterrando por sistema el léxico americano. Así opinaba, por ejemplo, Francesc Miquel i Badia, miembro de la Real Academia y puntal de la crítica literaria de signo conservador en Barcelona. En lo que pretende ser un elogio, este comentarista destacaba que Palma sólo de cuando en cuando utilizaba términos del Nuevo Mundo como chirinada o molinistas, que apenas dejaban “mancha en la castiza frase del distinguido escritor limeño” . Por eso se podían admitir, porque su aparición puntual las convertía en anécdotas más o menos extravagantes. Más claro no se puede decir: tales palabras constituían una especie de impurezas que afeaban el buen lenguaje.
Por suerte, nuestro hombre encontró mentes más receptivas, como la de Miguel de Unamuno. El escritor vasco coincidía en arremeter contra el uso fosilizado del idioma patrocinado por las instancias oficiales, convencido de que en las mismas se debía validar lo que era habitual en la calle. En 1904 le escribía a su amigo peruano para manifestarle la convergencia de sus puntos de vista: “Lo que me dice de la testarudez académica es el evangelio puro. Más aquí cada vez nos hacemos menos caso de la tal Academia y el lenguaje se ensancha y flexibiliza sin contar con ella” .
En cuestiones de léxico, pues, Ricardo Palma se situaba a la “izquierda” de la Academia. En cambio, respecto a la incorporación de la mujer a tan docta institución, se mantenía apegado a los usos más rancios. El debate no era una mera abstracción ya que se había planteado la admisión de la novelista Emilia Pardo Bazán. El peruano, si bien reconoce su talento literario, invoca aquí “tradiciones seculares” –curiosa paradoja, tratándose de un liberal- para oponerse a que se franqueen las puertas a la ilustre literata. A la que aconseja, no sin condescendencia, que se limite a las prerrogativas femeninas sin pretender usurpar las que ostentan los hombres, ya que su gloria no se verá más realizada, más bien todo lo contrario, por sus “aspiraciones varoniles”. Porque, a fin de cuentas, a una mujer no le cuadra “la severidad autoritaria del académico”. De hecho, entre protestas de cariño y simpatía, acaba llamándola poco menos que marimacho: “Hay mucho, muchísimo de varonil, no sólo en el talento sino en las condiciones físicas y hasta morales de la mujer”. El comentario aún se podría interpretar en términos elogiosos si sólo se refiriera a los términos “morales”. Puesto que el hombre era el modelo a seguir fuera de los confines del hogar, no es infrecuente que se elogie la “hombría” de mujeres que se han distinguido, por ejemplo, al demostrar valor. Lo que nadie pretendió nunca, en cambio, fue elogiar un cuerpo femenino por su cercanía a los rasgos atribuidos a la masculinidad .

Simpatía por Cataluña
Desde Madrid, Palma pasó a una Barcelona que le deslumbró. Su vitalidad industrial, su mirada resuelta hacia el presente, resaltan más en comparación con el ritmo apagado de otras urbes, en las que se percibe “algo de cementerio”, una autocomplacencia de tintes patológicos con glorias caducas.
La comparación entre la ciudad condal y Madrid resulta netamente favorable, en múltiples aspectos, a la primera, donde brilla la actividad y la animación. Todo el mundo trabaja, no como en la capital del Estado, ese “emporio de ociosos”. Por eso, en una de sus cartas, Palma no duda expresar lapidariamente un contraste tan acusado: “Barcelona no parece España” . No en vano, cuenta con sus propias fuentes de riqueza mientras su rival, por el contrario “consume y no produce”. Su esplendor se debe a la iniciativa de la sociedad civil, por no esperar a que el progreso baje siempre de las disposiciones gubernamentales, como sucede en el resto del país o en las propias republicas americanas. En Barcelona, la ciudad no repara en esfuerzos para alcanzar cualquier mejora:

“Barcelona ha producido en mi ánimo la impresión de una mujer bellísima que, para embellecerse más, no descuida la adquisición de joyas, sin reparar en el precio que el mercader exija. No le bastaba su espaciosa y elegante Rambla, con su delicioso Mercado de las flores. Aspiró a más paseos centrales, y la Gran Vía, el Parque, la Avenida de Colón y el caprichoso Acuario surgieron mágicamente. ¿Era pobre su teatro principal? Pues construyamos, dijeron los entusiastas catalanes, el Liceo, al lado del que, ciertamente, muchos de los de las grandes capitales europeas no pueden aspirar a superioridad”.

El tradicionista tiene la impresión de hallarse en una urbe que, al contrario que las de Castilla, sí puede equiparse con las de Europa. La Rambla, por ejemplo, no desmerece si se compara con los bulevares parisinos.
Así las cosas, hasta la naturaleza ofrece una sensación de mayor dinamismo. El viajero puede admirar en los jardines árboles verdes y robustos, tan diferentes a los del paseo madrileño de la Castellana, que a Palma le habían parecido enfermizos. El peruano, por otra parte, agradece un clima más favorable que el de la capital. Su catarro, amenazante, empieza a remitir cuando sólo han trascurrido tres días de estancia.
La imagen positiva quedó redondeada por el cálido recibimiento de los periódicos barceloneses. La Ilustración Artística, por ejemplo, le dedicó un rendido panegírico:

“Hoy nos limitaremos a dar la más cordial bienvenida al ilustre americano que no ha querido regresar a su patria sin honrar con su presencia nuestra ciudad, al literato insigne cuya prosa puede competir con la de nuestros más castizos hablistas del siglo de oro y en cuyos versos admirase la inspiración de nuestros poetas, al político eminente que ha ocupado los más altos cargos en el gobierno y en el parlamento de su país” .

El cronista exageraba su importancia política. Había ocupado el cargo de senador, se había involucrado en conspiraciones en su juventud, pero tenía a gala no pertenecer a ningún partido, lo que facilitaba su amistad con los militantes de todos.
A su vez, el político y escritor Josep Roca i Roca, desde la primera página de La Vanguardia, le saludó como uno de los escritores más eminentes en lengua castellana, dedicándole elogios por su “increíble garbo” o por su “pluma ligera y espiritual”: Precisamente por eso, por el indiscutible talento literario de un hombre célebre en toda América Latina, no acertaba a entender que su visita a Madrid hubiera pasado sin pena ni gloria. Ello demostraba la gran distancia que aún separaba a España, la madre patria, de las republicas americanas o, como decía Roca, de sus “hijos emancipados”.
El comentario supone, obviamente, una crítica apenas velada del centralismo de Madrid, tan incapaz de entender las peculiaridades catalanas como las del otro lado del Atlántico. Suerte que Palma iba a dejar pronto de ser un desconocido en la península, en cuanto una importante editorial sacara a la luz sus obras escogidas. Porque no bastaba que las Academias de la Lengua y de la Historia le aceptaran entre sus miembros: el público español debía leerle y admirarle .
Aclamado por la prensa, nuestro hombre visita al dibujante Apeles Mestres, el que había ilustrado algunas de sus tradiciones aparecidas en Buenos Aires. Se encuentra, además, con una Comisión del Ateneo. Y no pierde la ocasión de visitar, en Vilanova y la Geltrú, la biblioteca de su amigo Víctor Balaguer, en su opinión la mejor de Cataluña. En Recuerdos de España, dedicará a Balaguer una semblanza en términos muy cálidos, presentándolo como un orgullo para el idioma catalán, por su poesía patriótica. Elogiaba, asimismo, al hombre de talante liberal, que tenía incrustada en su alma una de las cualidades más admirables, la tolerancia. Esta manera de ser le lleva a no imponer las propias opiniones, todo lo contrario que uno de sus colegas castellanos, el poeta Núñez de Arce, al que Palma parodia por su excesivo acaloramiento a la hora de defender sus ideas.
Entre escritores, el intercambio de libros no podía faltar, lógicamente. Balaguer, por ejemplo, envío a Lima En Burgos, así como el volumen Juegos florales y discursos. A Palma le interesaban todas las obras de su admirado colega, pero, como responsable de la Biblioteca Nacional del Perú, tenía un motivo añadido para perseguirlas.
En su correspondencia con el catalán se muestra afectuoso, lleno de confianza. Lo mismo habla de su hijo Clemente, empeñado en priorizar sus devaneos literarios sobre los estudios de abogacía, para inquietud de un padre que veía peligrar el futuro económico de su retoño, que despotrica contra la Real Academia Española.

“Se nos ama muy poco”
Concluida su estancia en Barcelona, sólo le quedaba ya regresar a Lima. Por desgracia, abandonó la península con cierto regusto amargo. Aunque le maravillaban la historia y la cultura que había tenido ocasión de conocer, su liberalismo se incomodaba ante lo anticuado de las instituciones oficiales, como hemos visto en el caso de la Real Academia, o la preeminencia de ciertos reaccionarios, a los que tacha de “ilustres calamidades”. No tenía queja del trato de sus anfitriones, que se habían esforzado en agasajarlo “como á niño mimado”, por decirlo con sus propias palabras. El marqués de Sotomayor, sir ir más lejos, hasta le enviaba todos los días un criado con una invitación para almorzar o comer, además de poner a su disposición alguno de sus coches. En tanto desvelo algo debió influir, sin duda, el hecho de que su esposa fuera limeña. De todas formas, el peruano no percibió un auténtico afecto detrás de la cortesía de los españoles, que calificó de “estudiada”. Según él, todos los representantes de las repúblicas sudamericanas se llevaron esta impresión. “En el fondo, se nos ama muy poco”, escribió desengañado. Mientras en América se procuraba un acercamiento a la madre patria, la Real Academia se obstinaba en mantener el distanciamiento en cuestiones idiomáticas .
En los años posteriores, Palma siguió con mucho interés la evolución peninsular, en especial la guerra colonial en Cuba, desde su declarada simpatía hacia los independentistas. La isla tenía el mismo derecho que había tenido Perú para constituirse en Estado, pero, si el cambio había de ser para sustituir el dominio español por el de Estados Unidos, Palma prefería sin dudar el primero. A fin de cuentas, se trataba de una situación en la que podían mantenerse las esperanzas en un futuro de libertad .

La crítica a Benito Pérez Galdós
Su relación con España continuó por vía epistolar. Destacan sus cartas con Antoni Rubió i Lluch, con el que había coincidido en la tertulia de Emilia Pardo Bazán, también frecuentada por otro catalán, el escritor Melchor de Palau. Rubió i Lluch era un nacionalista conservador, historiador de la literatura y del medievo, hijo de Joaquim Rubió i Ors, uno de los grandes representantes del resurgir de la cultura catalana en el siglo XIX .
A principios de 1901, Palma le escribe comunicándole su retiro del mundo de las letras. “Hay que ceder el campo a la nueva generación”, le dice. En la carta, demuestra contar con muy buena información sobre las novedades literarias peninsulares. A su juicio, el teatro dramático catalán, representando por un Ángel Guimerà y su Terra baixa (Tierra baja), supera con mucho el de Castilla, tanto en éxitos de crítica como de público por tratarse de obras accesibles a todo el mundo.
Respecto a la dramaturgia del resto de España, Palma comenta con entusiasmo la aparición de Electra, de Pérez Galdós, envuelta de un tremendo escándalo por sus andanadas contra la Iglesia. Aún no la conoce, pero tiene puestas en ella fundadas esperanzas, vistas las críticas de los diarios. Un anticlerical como él no puede sino ver con simpatía la aparición de una pieza donde se fustigan los vicios de los sacerdotes. España, en su opinión, debe librarse de la rémora eclesiástica si no quiere continuar sometida al oscurantismo:

“Ya es tiempo de desprenderse de las garras de los jesuitas y de la frailería. Mientras en España sea la sotana fuerza y poder, la civilización seguirá perdiendo en ella terreno. Con la austriaca ex abadesa que gobierna en Madrid no se desprenderá España de la lepra que la roe, y lo peor es que al futuro rey le estarán inoculando el virus del fanatismo religioso” .

Desde los parámetros del anticlericalismo más clásico, Palma imagina a España como un gran convento, en el que los españoles, reducidos a la minoría de edad, no tienen mejor cosa que hacer que gastar su tiempo en festividades religiosas. En realidad, el país vivía un conflictivo proceso de secularización, con grandes masas trabajadoras bajo el influjo del anarquismo o del socialismo, dos ideologías totalmente adversas a los postulados católicos.
A partir de estas premisas leerá Electra, para acabar decepcionado contra todo pronóstico. No planteará su crítica en el terreno ideológico, donde la coincidencia es total, sino en el literario. Porque Galdós, a su juicio, ha cometido una insensatez. Introducir un elemento sobrenatural -a la protagonista se le aparece su madre-, significa retroceder al romanticismo más trasnochado, algo imperdonable en quién pretende reflejar fielmente la realidad.

Horizontes de tormenta
La visión de Palma, acabamos de comprobarlo, no se distingue por su optimismo al habar del problema religioso español. Tampoco al referirse a la cuestión militar. A principios del siglo XX, desde su punto de vista, el sistema de la Restauración había retrocedido al tiempo de los espadones del reinado de Isabel II. Dirige sus dardos, en concreto, contra el general en el que cree ver la encarnación de los peores vicios del pretorianismo, Valeriano Weyler. No esperaba de él sino una catástrofe, vista su controvertida actuación durante la última guerra colonial: “Weyler ensangrentará el país. Las atrocidades de ese hombre, en Cuba, dieron funestísimos frutos para España. Y, sin embargo, hoy está en el pináculo: es casi la omnipotencia en España”.
No es causal, evidentemente, que su análisis se haya vuelto progresivamente más sombrío. Entre sus comentarios de 1893 y los de principios del siglo XX, el país ha sufrido el desastre colonial del 98, así como un proceso de creciente inestabilidad. Palma, en su correspondencia, da cuenta de ese clima cada vez más enrarecido “Veo, en la patria de usted, que se aglomeran muchas nubes en el horizonte político y social”.
El peruano aludía a un cúmulo de motivos para la inquietud, desde la torpeza gubernamental a las frecuentes huelgas o a la represión violenta de la disidencia republicana. En 1909, comentará el regocijo que ha producido en Perú la caída del presidente del gobierno, Antonio Maura, tras la Semana Trágica de Barcelona y la controvertida ejecución del pedagogo libertario Francisco Ferrer. Puntualmente informado como siempre, deseaba que España se librara cuanto antes de la mortífera guerra de Marruecos .
Su obra, mientras tanto, había visto la luz en Barcelona. La casa Montaner y Simón, una de las más importantes en la Cataluña finisecular, publicó sus Tradiciones en cuatro tomos ilustrados por uno de los mejores dibujantes del momento, Nícanor Vázquez, con una tirada de veinte mil ejemplares. A cambio, Palma recibió la sustanciosa suma de diez mil francos. La editorial, creada en 1888 por Ramón de Montaner y Francesc Simón, se dedicaba a las obras de gran formato como las enciclopedias o las historias del arte, siempre con gran despliegue de recursos . Algún tiempo después, apareció un volumen titulado Mis últimas Tradiciones peruanas. En esos momentos, su hijo Clemente era cónsul peruano en la ciudad condal, donde contrajo matrimonio.
Su amplio conocimiento de la cultura española no representaba un caso aislado en su país, donde encontramos a múltiples intelectuales preocupados por estrechar vínculos con sus colegas peninsulares. Así, en febrero de 1910, Rómulo Cuneo Vidal le escribía a Unamuno que en Perú se le conocía mucho más de lo que él pudiera imaginar. Cuneo, por otra parte, también entabló relación con el poeta Joan Maragall.

Un curioso no impertinente
Palma puede ser crítico con España, sobre todo cuando se trata de mostrar a esa parte de la nación marchita que, en palabras de Machado, “desprecia cuanto ignora” y aún se empeña en tratar a los latinoamericanos como a menores de edad. Con todo, su mirada resulta mucho más fresca y realista que la de esos anglosajones que llegaron a la península a la búsqueda de intensas emociones, en un entorno que consideraban medio barbarizado y que por eso mismo les atraía, cansados de la rutina de la civilización . En contraste con ellos, nuestro tradicionista no mira a los españoles desde arriba, como si fueran animales exóticos, sino de igual a igual, desde la admiración por una cultura que siente como propia y la preocupación por las turbulencias del momento. Son sus colegas los que no saben valorar que la cultura América Latina pertenece al acervo común del castellano con los mismos títulos que la de Córdoba o Valladolid. De ahí que, como tantos otros, el peruano se sintiera víctima de una situación asimétrica: mientras en América se acogían con entusiasmo las producciones culturales de la Madre Patria, tuvieran la calidad que tuvieran, en España se ignoraba olímpicamente lo que se escribía en sus antiguas colonias. Tanta disparidad, tanta falta de sentido de lo recíproco, suscitó la enérgica queja del colombiano Enrique Arciniegas: “maldito el caso que hacen de nosotros” .
De esta miopía generalizada sólo se salvarán algunos, pocos, espíritus clarividentes, caso de Víctor Balaguer. Aquí radica otro de los méritos de Palma: conocer y apreciar a la intelectualidad del momento más abierta a la modernidad, ya sea en Castilla o en Cataluña. Con ciertos límites, claro, porque no llega a vincularse a los círculos socialistas o ácratas. Nada extraño, en realidad, porque no nos encontramos ante un radical del estilo de González Prada, él si relacionado con los grupos más a la izquierda. Con todo, Palma anuda lazos con una intelligentsia que traza proyectos regeneracionistas para unos problemática que le debió recordar la de Perú, es decir, la de un estado donde la oligarquía terrateniente y la Iglesia disfrutaban también de un peso desmesurado, bajo unos gobiernos que el tradicionista juzga apáticos por naturaleza. A nuestro viajero, en conclusión, no se le debió escapar el paralelismo entre dos países que buscaban lo mismo, el progreso, en medio de mil incertidumbres.

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