Ricardo Palma y su labor restauradora en la Biblioteca Nacional: una apreciación centenaria

TEODORO HAMPE MARTÍNEZ (*)

Se puede decir que la preeminencia de Ricardo Palma como hombre de letras ha eclipsado virtualmente su labor como bibliotecario o, mejor dicho, restaurador de la Biblioteca Nacional de Lima. Una verdadera comprensión de la vida de Palma, sin embargo, no puede apartarse de su trabajo en esta institución. Los dos, el autor y el bibliotecario, tomados en conjunto, dan una mejor idea del hombre integral. Por un lado, el autor estaba preocupado por conservar el pasado a través de su imaginación y la comprensión de la historia; por otro lado, el bibliotecario se entregó desinteresadamente a la tarea de levantar la moral de la nación peruana, casi devastada por la guerra del Pacífico. El hombre que fue admirado por sus escritos ayudó a instituir un lugar, en definitiva, para que otros siguieran sus pasos, dedicados al estudio y la investigación.

Un conjunto de fuentes variadas nos iluminan sobre la abnegación con que don Ricardo cargó con la responsabilidad que se le había otorgado y abren una ventana sobre algunos de los procedimientos seguidos por él en la administración de la Biblioteca, por cerca de treinta años.

Palma fue, como bien sabemos, conocido internacionalmente por sus Tradiciones Peruanas, una obra fuertemente criticada por su sucesor en la Biblioteca Nacional, Manuel González Prada, por ser anticuada, carente de imaginación y apologética del pasado. Para Prada, Palma representaba la antítesis de sus principios y creencias personales. En el marco de su proclama revanchista, antiespañola y positivista, imbuida de un indigenismo incipiente, tachó la obra palmiana de refranera, grandilocuente y vacía de ideas. La polémica que se suscitó entre ambos intelectuales desde la post-guerra del Pacífico ha vuelto a ser contemplada repetidamente, tal como lo demuestra un repaso a la bibliografía palmista más reciente.

El choque que ocurre entre Palma y Prada en el Perú, no es el mero resultado de accidentes políticos ni tampoco una rencilla personal por laureles literarios. Se ha dicho que el de ellos es el choque dialéctico entre dos tendencias: tradición y renovación. Es el choque entre un conservador, romántico a su manera, y un modernista, mezcla de místico y político.

Sin embargo, las ambientaciones y relatos de las Tradiciones también pueden ser vistos como una declaración políticamente progresista, un concepto que González Prada tal vez no entendió bien. La ironía y el humor son los elementos centrales a lo largo de sus páginas. Palma, que creció en una sociedad donde el poder político y económico estaba en manos del estamento criollo (al cual él no pertenecía de pleno derecho), encontró que esta jerarquización social proveía un objetivo a su ingenio y el anhelo de una estructuración más democrática en el Perú. La suya puede ser descrita, en cierto término, como una reacción intelectual a las desigualdades del país.

1. La Biblioteca Nacional saqueada en la guerra

En 1879, al estallar la guerra del Pacífico, la Biblioteca Nacional había sido reformada bajo la conducción del coronel Manuel de Odriozola y se había organizado de una nueva manera. La Sala “A” contenía los libros utilizados principalmente por estudiantes, libros de referencia, así como los de ciencias puras y aplicadas. La Sala “B” contenía autores de América del Norte y del Sur y estudios históricos y culturales del hemisferio occidental. La Sala “C” fue destinada a contener los libros de historia, arqueología, literatura, lingüística, filosofía y ciencias sociales. La Sala “D” era un depósito de los libros que se estaban catalogando, y la Sala “E” contenía libros relacionados con la teología y aquellos que por una razón u otra no se podían colocar en otras partes de la Biblioteca.

Por un cómputo general, que tomamos de la minuciosa investigación de Alberto Tauro sobre la tarea intelectual de Odriozola, sabemos que había en la Sala “A” 16.612 libros, en la Sala “B” 3.289 libros, 24 atlas y 260 manuscritos, en la Sala “C” 11.744 libros, y en la Sala “E” 4.555 libros. En suma, antes de la guerra, la colección de libros se situaba en algo más de 36.200 volúmenes.

Lo que había sido el edificio de la Biblioteca Nacional, en los claustros del antiguo Colegio Máximo de los jesuitas, fue confiscado para su uso por las tropas chilenas, durante la ocupación de la ciudad de Lima. Muchos de los libros fueron llevados por las tropas a Chile, donde se destinaron a las bibliotecas públicas o fueron vendidos a particulares. Otros muchos fueron llevados por los propios ciudadanos peruanos.

Los productos básicos eran tan escasos en el país que las hojas de los libros eran utilizadas como papel para envolver en las tiendas. Los muebles de la Biblioteca habían sido destruidos o sacados de su lugar. Retratos y cuadros pertenecientes a ella habían desaparecido también. Sus estantes parecían como espejos de la desolación. De hecho, al final de la guerra no había prácticamente ninguna biblioteca. A propósito, una de las manifestaciones más frecuentemente citadas se contiene en el primer informe que elevó Ricardo Palma al Ministerio de Justicia e Instrucción, tras haber asumido el cargo de director de la Biblioteca Nacional. En este escrito, fechado el 14 de noviembre de 1883, apuntaba descarnadamente (y quizá con un poco de exageración): «Biblioteca no existe; pues, de los cincuenta y seis mil volúmenes que ella contuvo, sólo he encontrado setecientos treinta y ocho, en su mayor parte de obras en latín, y aun estas truncas».

Ya en su primera memoria, Palma subraya su confianza y fe en la cultura e ilustración de sus compatriotas y su capacidad mutua de contrarrestar lo perpetrado por “la belicosa locura de un soldado”. En efecto, él se consagró a la tarea como padre amante de su hija predilecta. Indudablemente llegó a conocer al dedillo muchos, si no todos, los infolios y ediciones que reunió, lo cual se patentiza en las numerosas acotaciones que inscribió en los libros que por sus manos pasaron.

Sin embargo, Palma se fue dando cuenta de que ninguno de los gobiernos iba a ser el apoyo que él, de forma optimista, esperaba. A tal punto que, pese a ser el escritor más importante del país, no era recibido siquiera por su amigo, el Presidente Nicolás de Piérola. En una carta para Hernán Velarde, plenipotenciario destinado en Petrópolis, nuestro personaje es muy tajante:

«Ni mi afán de veinte años por formarle al Perú una Biblioteca valorada en más de medio millón de soles, ni mi perseverante labor literaria de más de medio siglo me han conquistado consideraciones en nuestra tierra. En todas las repúblicas americanas se me estima y se me quiere, y sólo en la patria se me trata con ultrajante desdén, esto es, cuando no se discuten mi persona y merecimientos».

2. Palma, el restaurador

Aunque don Ricardo y su familia quedaron mayormente sanos y salvos, en la invasión y saqueo de 1881 su casa del distrito de Miraflores fue destruida por completo, incluyendo su biblioteca privada. Tal vez este incidente contribuyó a su compromiso personal y su celo en el tratamiento de los libros que serían puestos bajo su cuidado en la Biblioteca Nacional, la cual se convirtió, en cierto modo, en “su” biblioteca. Una interpretación sugestiva ha advertido que la Biblioteca Nacional se erigía en el discurso de Palma como un cuerpo animado en donde se inscribía un destino personal a base de la pasión de fundar y proteger, en el marco de una relación privilegiada de padre a hija. El expolio de los fondos de la Biblioteca es contrarrestado mediante la asunción de la identidad del colector de libros, que progresivamente va eclipsando a su rol de funcionario público.

Como responsable de dicha institución, el tradicionista señaló como su primer objetivo la restauración del edificio, lógicamente. Tuberías de agua rotas y techos y paredes en inminente colapso eran condiciones que tenían que ser reparadas si el establecimiento iba a funcionar. Reparaciones iniciales, por lo tanto, se hicieron. Pero en su informe del 14 de noviembre de 1883, ya citado, Palma se queja aún del ruinoso estado de la Biblioteca y recomienda dos pasos al gobierno: el nombramiento del arquitecto don Manuel Julián San Martín para los trabajos de reparación y la formación de un comité de peruanos notables para supervisar la restauración del edificio.

Ya el 28 de julio del año siguiente, al reabrir sus puertas al público la Biblioteca Nacional, nuestro personaje refiere con satisfacción que el edificio era para entonces funcional y agradece al gobierno del general Iglesias por su rapidez y al arquitecto por su diligente trabajo. Un informe publicado en esa fecha en el diario El Comercio expone sobre el número de libros adquiridos para la institución: 18.630 en el salón Europa, 4.946 en el salón América y 4.318 en el depósito, haciendo un total de 27.894. En su discurso pronunciado en el acto de reapertura, Ricardo Palma expresa orgullosamente:

«Puse al servicio de la patria lo poco que de actividad, de inteligencia y de entusiasmo pude conservar en mi espíritu. Sé que en la milicia de la vida no son laureles todo lo que se cosecha, que no hay campos sin abrojos y espinas […] y que acaso no faltará alguien que diga que en ocho meses era imposible organizar la Biblioteca».

A través de sus conexiones sociales y literarias, y de su determinación, Palma fue capaz de reconstituir esa institución pública. Seguro de sí mismo y con tenaz perseverancia, él reflejaba y encarnaba las necesidades de la nación vencida en la guerra y debilitada espiritualmente. Con su prestigio internacional y sus numerosos amigos, fue en muchos sentidos el único individuo capaz en ese momento de tener éxito en la reconstrucción de la Biblioteca limeña. Estas cualidades y conexiones resultaron ser más importantes para el éxito de Palma que sus conocimientos técnicos o habilidades administrativas.

Los portavoces de la vanguardia suponían que la especialización institucional favorecería un mejor proceso de adquisición de los libros, de tal manera que el patrimonio de la Biblioteca creciera en representatividad y calidad según los cánones comerciales y económicos de la época. El funcionamiento artesanal y la prevalencia de una dirección centralizada de tinte enciclopédico, al estilo de Palma, no correspondían a los signos de una modernidad bibliotecaria.

3. Palma, el líder carismático

Según ha explicado el profesor Vicente Revilla en una importante monografía (1993) dedicada a la labor del “bibliotecario mendigo”, Palma, imbuido del sentido de misión que trajo a su nueva responsabilidad, hizo del trabajo como bibliotecario una obra de amor. Para lograr este fin, utilizó todo su prestigio literario y sus relaciones sociales. Pues la disciplina bibliotecológica y la gestión empresarial se hallaban, en ese momento, en sus primeras etapas de desarrollo, la dedicación personal de Palma a la reconstrucción de la Biblioteca Nacional no resultó tan diferente de las prácticas de otros “promotores de proyectos” durante el cambio de siglo. Sin ninguna experiencia especial y sin ningún tipo de capacitación en administración propiamente dicha, don Ricardo logró éxito en sus esfuerzos para reconstituir la institución aprovechando al máximo su capacidad de inspirar entusiasmo en los demás.

Utilizando los conceptos psicológicos de Robert C. Tucker sobre el líder carismático, recogidos en el mencionado ensayo de Revilla («El bibliotecario mendigo», p. 26), se puede decir que Palma fue: [a] un líder que surgió en un momento de tensión social e histórica; [b] un líder que poseía magnetismo y autoseguridad irresistibles, necesarios para el logro de sus objetivos; [c] un mensajero de salvación en un momento en que los factores socio-culturales necesitaban un cambio; [d] un hombre indispensable; y [e] un hombre autoritario. El conjunto de estos elementos sociales y personales permitieron a Palma ser útil a su país y emerger como una figura sólida.

Las habilidades del “bibliotecario mendigo” en la interacción con los demás se basaban en una amplia comprensión de la naturaleza y el comportamiento humanos. Esto fue evidente en su capacidad para llegar a un amplio espectro de personas, tanto dentro como fuera del Perú, en su afán de obtener libros para la Biblioteca. Con respecto a los que le rodeaban, a menudo ganó la estima de muchos que fueron conquistados por su encanto e ingenio. Fue sin duda uno de los hombres más interesantes en el Perú en su tiempo.

Rubén Darío, el ilustre poeta nicaragüense que visitó brevemente Lima en septiembre de 1887, estampó la siguiente impresión de su entrevista con el director de la Biblioteca Nacional:

«Ante una mesa toda llena de papeles nuevos y viejos […] él me recibía con una amable sonrisa, que daba ánimos, debajo de sus espesos y canosos bigotes retorcidos. ¡Figura simpática e interesante en verdad! Mediano de cuerpo, ágil a pesar de su gruesa carga de años, ojos brillantes que hablan y párpados móviles que subrayan, a veces, lo que dicen los ojos, rápido gesto de buen conversador, y palabra fácil y amena».

Lo cierto es que Ricardo Palma, multiplicando su tiempo entre la administración bibliotecaria, participación en instituciones culturales, intercambio de cartas y promoción de la identidad lingüística americana, había conseguido difundir su escritura a nivel nacional e internacional. Su inserción audaz y casi obsesiva en los circuitos comunicativos de la época garantizó para él una presencia de primer rango en los ambientes literarios. El tradicionista poseía ciertamente un gran público lector, condición posibilitante de la ansiada modernización cultural.

4. Los esfuerzos de Palma por obtener ayuda extranjera

Uno de los más importantes objetivos, si no el principal, que se puso a sí mismo el bibliotecario fue buscar donaciones de libros y realizar las mayores adquisiciones para la Biblioteca Nacional. Sin ayuda de nadie, Palma escribió cientos de cartas a personas fuera del Perú ―bibliotecarios, colegas y hombres de estado― pidiendo ayuda para su institución. Muchos respondieron, incluyendo la Smithsonian Institution de Washington, D.C., que envió varias centenas de volúmenes.

Los tres tomos de su Epistolario general (laboriosa edición de Miguel Ángel Rodríguez Rea, 2005) se componen de 596 cartas que Ricardo Palma dirigió a diversos personajes, desde 1846 hasta 1919. Las cartas acompañan e iluminan el curso de su vida personal y nos muestran a Palma en diferentes facetas, incluyendo al “mendigo” de libros. En un perspicaz análisis de esta fuente informativa, Osmar Gonzales Alvarado observa que en dichos tomos se pueden encontrar cartas dirigidas a escritores de otros países, como Argentina, México, Chile, Ecuador o España, por ejemplo, que conforman una incipiente red trasnacional de intercambio de ideas. También se demuestra la preocupación constante del director en dar las mejores condiciones posibles a la Biblioteca Nacional, con el fin de brindar el servicio más adecuado a los ciudadanos. Lamentablemente, esas comunicaciones están contenidas, de manera predominante, de un sentimiento de frustración ante la indolencia de los gobernantes con respecto a las necesidades de la primera institución cultural del país.

Más que cualquier otra cosa, fue la importancia de Palma como autor en el continente americano lo que le permitió solicitar (y obtener) los libros que requería. Incansablemente suplicaba a todo el mundo por donaciones. Esto se hace evidente en las numerosas misivas que escribió desde su despacho, aproximadamente unas ochenta por mes. Palma se dirigió a los presidentes, intelectuales, bibliotecarios y otras personalidades de la comunidad iberoamericana. La recompensa de estos esfuerzos fueron cajas de libros que llegaban casi a diario. El “bibliotecario mendigo”, después de explorar a través de ellas, escribía cartas de recibo y agradecimiento.

Adicionalmente, utilizó sus habilidades de escritura y su reputación como escritor y erudito para buscar libros expatriados durante la guerra del Pacífico. Llegó a escribir al Presidente de Chile, don Domingo Santa María, solicitando sin recelos la devolución de libros hurtados de la Biblioteca en la contienda. El resultado fue que varias cajas de libros se devolvieron a la Biblioteca Nacional.

En efecto, el Presidente Santa María admitió que había en Chile libros tomados de la Biblioteca limeña y atendió el requerimiento de Palma, escribiendo una carta desde Valparaíso el 14 de marzo de 1884. El mandatario se expresaba de la siguiente manera:

«No se ha equivocado usted al creer, como me lo dice en su carta de 20 de febrero, que tendría buena voluntad para devolver a la Biblioteca de Lima los libros que de ahí pudieron sacarse en un momento de ardor bélico […]. A Dios gracias, los tiempos bonancibles vuelven, y usted dejará de andar con una espada al cinto y volverá a tomar la pluma para escribir, como siempre, sabrosos y bien aliñados artículos. Le adjunto la lista de los libros que le envío por el vapor Chile que zarpa mañana de este puerto. Pruébele esta remesa mi deseo de complacer a usted y de hacer fructuosa la tarea que se ha impuesto».

Modernamente, el crítico Antonio Cornejo Polar ha estimado que el trabajo de Palma en la Biblioteca Nacional fue positivo, teniendo en cuenta que no tenía ninguna formación especializada como bibliotecario. En este contexto, según Cornejo, el trabajo de Palma aparece formidable. Él reconstruyó el establecimiento y las colecciones: en otras palabras, cumplió su cometido. El reconocimiento por la labor de Palma en la restauración y fundamentación de la Biblioteca en la posguerra ha sido compartido por otros estudiosos como Jorge Basadre, José Miguel Oviedo y Estuardo Núñez, quienes creen que la importancia de la labor del tradicionista se encuentra no sólo en la restauración del organismo, sino también en la edificación del espíritu nacional.

5. Logros específicos: adquisiciones y donaciones en el Perú

Hay que señalar, asimismo, que Ricardo Palma se impuso el objetivo de asegurar el retorno de los libros perdidos dentro del país. Esto lo logró de diversas maneras. Y está constatado que, al conseguir la recuperación de los impresos a su sitio original, ponía nuestro personaje “en no pocos el origen de su adquisición, constatando en esas anotaciones los nombres de los bodegueros que devolvieron patrióticamente el libro, o del particular que lo compró y lo retornaba a su primitivo dueño”, según precisa su hijo Clemente Palma.

Después de asumir el puesto de bibliotecario, Palma consiguió que el prefecto de Lima, don Ignacio de Osma, expidiera una orden por la cual los libros pertenecientes a la Biblioteca Nacional y que estaban en poder de ciudadanos peruanos ―ya sea en sus casa o sus negocios― tenían que ser devueltos al establecimiento de origen, o si no les recaería una multa. Ese decreto del 5 de noviembre de 1883 dispuso que las personas en posesión de libros, manuscritos, objetos de arte, instrumentos científicos y mobiliario procedentes de la Biblioteca tenían que devolver tales materiales dentro de los quince días siguientes. La gente que entregara las piezas de valor dispersas obtendría, a cambio, un recibo por parte del director Palma. Los que no retornaran los objetos que estaban en su posesión serían multados. Algo parecido a la campaña lanzada en estos tiempos modernos por los responsables de nuestro primer repositorio bibliográfico, que han apelado a la benevolencia del Arzobispado de Lima y de los ciudadanos conscientes, bajo el lema: “Se buscan libros perdidos de la Biblioteca Nacional”.

Aunque los fondos públicos para el incremento de las colecciones eran escasos, la Biblioteca se pudo enriquecer con la juiciosa adquisición de algunas colecciones privadas. También se sabe de las generosas donaciones que hicieron grandes figuras públicas de entonces, replicando con acierto el modelo impuesto por el general San Martín en 1821, al ceder sus propios libros para formar la naciente Biblioteca de Lima. El Presidente Miguel Iglesias, por ejemplo, se desprendió de una valiosa serie de elzevires (textos impresos por un célebre linaje de tipógrafos neerlandeses). Sus contrincantes políticos, Andrés Avelino Cáceres y Nicolás de Pierola, donaron asimismo obras de procedencia europea. Otros aportes al patrimonio bibliográfico provinieron de notables familias de la época, como los Pardo, los Gálvez y los Sáenz.

No es sorprendente saber que Palma hizo poco esfuerzo para catalogar los libros y referenciarlos, concentrándose en cambio en la adquisición, como hemos dicho. Y aunque puede ser acusado de favorecer a la cantidad sobre el contenido, no hay duda de que una biblioteca llena de libros era más alentadora y más propicia al apoyo que una biblioteca vacía. Para más detalle, en una carta dirigida a don Nicolás de Piérola, el 18 de noviembre de 1896, Palma se muestra optimista porque cree que pronto se “podrá estampar que poseemos ya los 35.000 volúmenes que, antes del malón chileno, tuvo la Biblioteca de Lima, en sus tres salones”.

En sus funciones de administrador, la investigación y la planificación no eran elementos propios de su estilo de gestión. Por el contrario, la labor de Palma se basaba en impulsos emocionales. Él sabía dónde estaban los libros y sabía cómo conseguirlos. Una vez que se convirtió en el máximo responsable de la Biblioteca, no perdió un minuto y comenzó a mantener correspondencia con los posibles donantes. Si se le ocurría a Palma que alguien pudiera ser de ayuda para él, no dudaba en enviar al posible adherente una carta.

Se ha apuntado con razón que cuando su pluma apeló a personas, funcionarios e instituciones, tanto en el Perú como en el extranjero, se otorgó un sentido de importancia a esa búsqueda de libros, porque se entendió que la restauración de la Biblioteca Nacional significaba un referente cultural de gran trascendencia para el país. En una perspectiva posmoderna, Beatriz González Stephan ha postulado que en América Latina a través del libro hablaba la “ley del padre”, o sea el Estado. Consecuentemente la biblioteca, no obstante su marginalidad institucional en el quehacer gubernativo, ejercía un rol central, al operar como el lugar desde donde el ente rector hablaba a sus hijos, los ciudadanos.

6. ¿Tenía Palma las aptitudes esenciales de un bibliotecario?

Aunque es poco lo que se encuentra en la literatura respecto a las habilidades técnicas de Palma, un acrimonioso sumario de sus defectos fue escrito por su sucesor y adversario político, Manuel González Prada. Este criticó a Palma en el área del registramiento y manejo de libros, y si hay algo de verdad en ese informe, titulado Nota informativa acerca de la Biblioteca Nacional (1912), debemos tener en cuenta que el viejo director operó de una manera muy personal y aislada. Él debe haber estado muy ocupado con sus muchas responsabilidades y afectado por la falta de suficiente personal.

En su Nota informativa, González Prada acusa a Palma de no haber dejado a salvo un sistema de contabilidad con las cuentas de ingresos y gastos, de dejar a la Biblioteca en un estado de caos, de haber engañado al público con erróneas traducciones de las publicaciones extranjeras, y de confundir las ciudades con los impresores y editores. También culpa a su antecesor por el hecho de que la Biblioteca no tuviera libros representativos de autores asiáticos, y de no tener en cuenta el pasado remoto del Perú al carecer de una fuerte sección relativa a los orígenes incaicos. Estas críticas resultaron muy perturbadoras para el ilustre tradicionista, que contaba ya 79 años de edad. Palma y su hijo Clemente trataron de refutar las acusaciones hechas en su contra con un artículo titulado “Un Catón de alquiler”, en el que defienden su papel en la restauración de la Biblioteca Nacional después de la guerra con Chile.

Correcta en muchos aspectos, la crítica de González Prada al desempeño de don Ricardo en la Biblioteca ha de entenderse en el contexto de la rivalidad que había existido entre estos dos personajes desde los años ochenta del siglo XIX. Nacido en una familia aristocrática y once años más joven que Palma, Prada fue un rebelde en el sentido anarquista. Positivista, librepensador y creyente en la ciencia como fuente del progreso, escribió extensamente sobre los derechos de los trabajadores y campesinos en el Perú. Por lo tanto, el conflicto entre estos dos caracteres era inevitable, o, como insinúa Luis Alberto Sánchez, era algo lógico que ocurriera.

Es evidente que la disputa entre el tradicionista y González Prada se fue volviendo cada vez más personal. Lo que en un principio no era sino una crítica a la literatura y la política de la generación en el poder, se transformó con el paso de los años en un enfrentamiento violento de dos personalidades, hasta reventar en la cuestión del “asalto” a la Biblioteca Nacional.

La acusación de que Palma estampaba los libros de la Biblioteca con su propio nombre y hacía anotaciones personales en ellos, textos que constituían por lo general una breve reseña, también es interesante. Aunque esto puede ser considerado en verdad como un comportamiento poco profesional para un bibliotecario, tanto porque se estropea el libro original como porque tal juzgamiento no brinda un trato justo al autor, la lectura de algunos de los comentarios de Palma es esclarecedora. Estos muestran el ingenio afilado de su crítica literaria, así como un sentido de superioridad bien marcado.

Roy L. Tanner se ha ocupado de analizar esas acotaciones que el “bibliotecario mendigo” inscribió en los libros que por sus manos pasaron, valiéndose tanto de las obras sobrevivientes mismas como de los comentarios de quienes frecuentaron la Biblioteca Nacional antes de su incendio en 1943. Según el palmista norteamericano, más allá del trasfondo polémico de la práctica, no se puede negar que aquellas glosas contribuyen “significativamente a nuestra apreciación y comprensión de Palma como hombre de cultura y crítico literario”.

Tal comportamiento, junto con el hecho de que a menudo escribiera su nombre en los libros, muestra que Palma debía de alguna manera sentir que la Biblioteca Nacional era suya propia. Incluso la llamó repetidamente “mi hija”. Recordando que su biblioteca particular se había perdido en la invasión de la soldadesca chilena, podemos imaginar que el estudioso sentía un cierto privilegio de propiedad por la recepción de tantos libros donados sobre la base de su prestigio literario específico.

En la mentalidad de don Ricardo, sus marcas escriturales completaban el contenido simbólico de los textos. Se ha elucubrado que el bibliotecario reconvertía a cada uno de ellos en “artefacto cultural con autoridad plena frente a un pasado, ya por fin codificado como único y acabado”. Por el contrario, en opinión de González Prada, las anotaciones y sellos de Palma eran como una afrenta que desconocía los límites de la legalidad y el respeto hacia los otros, alterando a su antojo un patrimonio que supuestamente le pertenecía.

7. Una evaluación del trabajo de Palma

Ha llegado el momento de hacer una tabulación de los pros y los contras en el trabajo bibliotecario de Palma, empezando por la ya referida crítica de González Prada. Un buen conocedor del pensamiento de este último, Bruno Podestá, resume el conflicto entre ambos bajo la forma de un “choque dialéctico entre dos tendencias: tradición y renovación”. Es el choque entre un conservador, romántico a su manera, y un modernista, mezcla de místico y político. También era el enfrentamiento, inevitable, de dos generaciones y dos mentalidades.

La polémica tradición-renovación sobrevivirá a los protagonistas del suceso original. Muertos don Ricardo y don Manuel, desaparecen los hombres que personifican la disyuntiva, pero a ellos les siguen las dos propuestas que se han disputado la solución más adecuada a los problemas de la nación. Por un lado está la fidelidad a lo español y la añoranza de una época ya ida; la re-creación de una prosa ya pretérita; la conformidad con gobiernos clericalizantes y conservadores; apatía si no ignorancia frente al problema indígena. Por otro lado está la rebeldía ante el presente y el clamor por la revancha; una prosa innovadora y violenta; la lucha por un Estado laico y un país liberal; indigenismo en ciernes y preocupación por el cambio social.

Más allá de esto, y volviendo al tema central de nuestro ensayo, un examen minucioso constata que Palma se ocupó convenientemente de la organización de los materiales y su puesta a disposición de los lectores, no obstante que hizo de las adquisiciones su principal tarea en sus primeros años como director de la Biblioteca Nacional. Un listado de los libros guardados en el salón América, por ejemplo, se puede considerar como un rudimentario método de catalogación. A diferencia de las bibliotecas norteamericanas, donde los libros eran ordenados de acuerdo a un sistema de clasificación con código (DDC, ideado por Dewey), en Lima había tres salones donde los libros eran separados de acuerdo a la región de origen: libros sobre el Perú, América y Europa.

Si bien el comportamiento autoritario e idiosincrático de Palma en la Biblioteca iba a ser criticado por autoridades posteriores, su estilo de gestión en ella puede ser descrito como eficaz, porque logró que las cosas se hicieran. Pero el éxito del personaje no sólo se basaba en su estilo autoritario. Don Ricardo poseía también un carisma especial, que expresaba su naturaleza artística y su nivel de cultivación; cualidades que fueron muy apreciadas por aquellos que le conocieron.

En marzo de 1912, siguiendo a un altercado con el gobierno de Augusto B. Leguía, Palma renuncia a su cargo de director de la Biblioteca Nacional. Un movimiento de adhesión le rinde homenaje a Palma en el Teatro Municipal y un sinnúmero de acusaciones recaen sobre González Prada por haber aceptado un puesto público. Después del retiro de Palma, su prestigio intelectual y el aprecio por su trabajo bibliotecario salieron ciertamente fortalecidos. Sin embargo, las llamas del incendio de 1943 destruyeron en gran medida el resultado de su obra tenaz.

Sintetizando, el trabajo de Palma se situó como un modelo y un ejemplo para los peruanos que deseaban asociarse a la reconstrucción de su patria tras la derrota con Chile. Probablemente como resultado de un deseo nacional de progreso, combinado con su propia capacidad para llamar a la gente a la acción, el “bibliotecario mendigo” recibió mucho apoyo de sus contemporáneos.

Los sellos, así como las notas marginales, constituyen una manifestación significativa de la personalidad del gran escritor. Quizá fueran también una manifestación de cierto orgullo de parte del restaurador de la Biblioteca, o sea, una manera medianamente consciente de perpetuar su nombre en relación con la institución a la que dio nueva vida. A pesar de esos y otros métodos rudimentarios, la Biblioteca Nacional de Lima funcionó bajo el mando de Palma, de 1883 hasta 1912, en forma adecuada para satisfacer las necesidades de los lectores. Operó sin problemas y eficientemente, pese a que dependía del trabajo múltiple de una serie de bibliotecarios que también estaban comprometidos a servir al público lector.

Por último, un detalle interesante de proyección al futuro. Se aprecia en las cartas de Palma que este tuvo el empeño de solicitar fondos para que se construya un nuevo edificio de la Biblioteca Nacional, el cual debía ser inaugurado en el primer centenario de la Independencia (1921). El director tenía bastante avanzado el proyecto, durante el primer gobierno de Leguía, aun cuando sospechaba que el Ejecutivo no tenía interés de someter el tema al dictamen congresal. En definitiva, don Ricardo fue siempre un hombre unido de modo apasionado al libro y a la biblioteca, a la que entendía como una institución nuclear de la cultura.

(*) Doctor en historia por la Universidad Complutense de Madrid.

2 comentarios para Ricardo Palma y su labor restauradora en la Biblioteca Nacional: una apreciación centenaria
  1. Felix Antonio Zúñiga Flores Responder

    Es un gran aporte sobre todo para mi personalmente, en el tema de Manuel Gonzáles Prada, el dedica su vida en defensa de la libertad , la educación y la justicia para todos los peruanos, critico de la aristocracia para el fracaso en la guerra con Chile, debemos ubicarlos debída y adecuadamente. En cuanto a la obra inicial de organización y la restauración de la Biblioteca Nacional del Perú por Ricardo Palma, el autor nos ilustra genialmente.

  2. xiomara gutierrez galvez Responder

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