Angélica Palma por Francisco Martínez Hoyos

Tener un padre famoso puede ser una bendición… o la mejor manera de quedar anulado por su alargada sombra. En el caso de Angélica Palma la dos cosas a la vez. Recordada por ser la hija de Ricardo, el célebre artífice de las Tradiciones Peruanas, desarrolló una amplia labor como escritora, periodista y defensora de los derechos de la mujer, injustamente menospreciada por la posteridad. Por suerte, María Pía Sirvent de Luca ha rescatado su biografía en Angélica Palma: su vida y su obra (1878-1935), tesis doctoral presentada el pasado mes de marzo en la Universidad Complutense de Madrid. La investigación, fruto de un paciente trabajo en diversos archivos, recoge los numerosos escritos de la “peruana española”, como la llamaron en su tiempo. No en vano, ya que dedicó muchos esfuerzos al mutuo acercamiento entre Perú y España, país en el que vivió varios años y donde hizo buenas amistades. Se quejó entonces de algo que, por desgracia, aún no se ha remediado, el escaso conocimiento español de su antiguo virreinato. No obstante, también admitió la responsabilidad en tal desencuentro de sus compatriotas: a su juicio, esperaban que los demás fueran a buscarles en lugar publicitarse a sí mismos.
Como bien dice Sirvent de Luca, Angélica casi aprendió a escribir antes que hablar. Se formó en un hogar donde la literatura constituía una presencia cotidiana, bajo el influjo determinante de un padre entregado a los libros, tanto los suyos como los de la Biblioteca Nacional bajo su dirección. Asimismo, su hermano Clemente destacó por sus cuentos, sólo que en una línea más transgresora, aficionado a las atmósferas siniestras de Edgar Allan Poe.
Sin embargo, mientras vivió el “abuelito de Miraflores”, su primogénita postergó la pluma para consagrarse, con ejemplar abnegación, al cuidado de un hombre al que sus años impedían el trabajo intelectual. Lo mismo contestaba sus cartas que le conducía, en silla de ruedas, a los escasos actos públicos a los que aún asistía. Tras su muerte, siguió siendo la hija modélica, entregada a la divulgación de la obra palmista, pero contó por fin con la libertad de hacer su propia vida. Poco tiempo después, viajó a España, se relacionó con los círculos literarios más selectos, con amigas de la talla de las escritoras Carmen de Burgos o Concha Espina. Y, más importante aún, consiguió que la valoraran por sí misma y no por lo ilustre de su apellido.
Si un talento la caracterizó, ese fue el periodístico. Hasta el punto de ser la primera profesional de este ámbito, en la historia peruana, que ganó lo suficiente para llevar una vida desahogada. Desde España, envió sus crónicas a diferentes medios, como la revista Variedades, dirigida por su hermano Clemente, acerca de los pormenores políticos, sociales y culturales de la península. Comenta, por ejemplo, la interferencia del poder político en la vida del Ateneo de Madrid, una de las instituciones culturales más abiertas a las innovaciones. O se refiere, con toda razón, al carácter “justificadamente impopular” de la guerra de Marruecos.
Menor empaque posee su narrativa, con títulos como Vencida, Por senda propia o Coloniaje romántico, ninguno de ellos con demasiada originalidad. Aunque con el mérito de reflejar el contraste entre la Lima tradicional y la moderna, con un ritmo de vida más acelerado, más influido por las costumbres extranjeras. En este intento de novelar la realidad peruana, la influencia del español Benito Pérez Galdós y de su Episodios Nacionales resultó determinante.
En cuanto a su faceta “feminista”, cierto que no fue una militante en el sentido actual de la palabra, pero no dejó de reivindicar el voto para la mujer. Aunque, para ella, la educación resultaba prioritaria, porque garantizaba el ejercicio consciente del sufragio y, sobre todo, por abría la puerta hacia la mayoría de edad. Todo lo contrario de lo que sucedía hasta entonces, con una sociedad que daba por supuesto que las jóvenes sólo debían leer historias de color de rosa. Angélica señalaba, con agudeza, la contradicción implícita en este prejuicio: pregonar la supuesta inocencia de las mujeres equivalía a reconocerlas inútiles para desenvolverse en el mundo. La sobredosis de candor resultaba, de hecho, incompatible con la “simple lógica de la vida”. Por eso mismo, a nuestra autora le habría encantado realizar un “auto de fe” con las cursiladas de una Carlota Braeme o una María del Pilar Sinués, especialistas en folletines empalagosos.
Por otra parte, defendió el derecho de las literatas a entrar en la Real Academia, coto masculino celosamente resguardado, en contraposición a la postura “tradicional”, valga el juego de palabras, de su padre, para quién los encajes y la severidad de la institución casaban tanto como el agua y el aceite. A su vez, formó parte de asociaciones como la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas, o el Consejo Nacional de Mujeres del Perú, con puestos de responsabilidad en ambas.
La tesis de Sirvent de Luca nos rescata a una figura excepcional que, inevitablemente, fue tan hija de sus padres como de unas circunstancias históricas recogidas con aquí con todo detalle, se trate de las tertulias literarias del momento o de la evolución urbanística de la capital limeña. Gracias a su talento y a su tesón, Angélica Palma dejó una obra que la sitúa, por méritos propios, en lo más alto de la intelectualidad peruana de principios del siglo pasado, dentro de una importante tradición de escritura femenina representada por una Clorinda Matto de Turner o una Mercedes Cabello de Carbonera.

Francisco Martínez Hoyos
Escritor e historiador español

LA MIRADA DEL OTRO: RICARDO PALMA Y ESPAÑA ,Francisco Martínez Hoyos (Barcelona)

Cuando Mario Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura, reconoció la importancia que España tuvo en su carrera literaria. Era consciente de que, si quería ser de verdad escritor, no podía continuar en su tierra, porque así sólo podría dedicarse a la literatura en los días festivos, una vez concluidas sus obligaciones “alimenticias”. Por eso recaló en París, más tarde en Barcelona. Decidido a entregarse a tiempo completo a una vocación exclusiva y excluyente. Con un éxito más que notable, porque de Cataluña saldría su primer reconocimiento importante, en forma del premio Biblioteca Breve con el que fue galardonada La ciudad y los perros, su primera novela. Sería también la ciudad condal, convertida, en cierto sentido, en la capital cultural de América Latina, donde una mítica agente, Carmen Balcells, le facilitaría el camino al estrellato .
En esos momentos, un gran numero de escritores y poetas sudamericanos buscaban en España un altavoz para su obra. Allí se encontraba también, por citar un solo ejemplo, Gabriel García Márquez, entonces amigo íntimo y más tarde rival de “Zavalita”. Tal fenómeno, sin embargo, dista de ser completamente novedoso. Ya finales del siglo XIX encontramos un importante influjo peninsular entre los escritores peruanos. Así, el historiador Riva Agüero reconocía en Menéndez Pelayo a su “maestro predilecto”, pese a los puntos de vista antagónicos entre un anticlerical limeño y un católico a machamartillo santanderino . Este último era uno de los pocos expertos españoles en literatura hispanoamericana, junto a Juan Valera y Miguel de Unamuno, un intelectual apasionado y paradójico llamado a ejercer un magisterio aún más notable al antiguo país de los incas, muy bien documentado en su epistolario. Tampoco hay que olvidar, por otra parte, que ciertos autores del Perú buscaron publicar sus trabajos en Madrid o Barcelona, a la par que solicitaban prólogos o presentaciones a figuras prestigiadas como Emilia Pardo Bazán o el propio Unamuno. Al pensador vasco le escribía, por ejemplo, el poeta Santos Chocano en demanda de unas líneas que le presentaran al público español, para el que era un absoluto desconocido. Clemente Palma hizo lo propio, en una divertidísima misiva, consiguiendo así unas palabras para sus Cuentos malévolos . Otros, en cambio, no tuvieron tanta suerte. Manuel González Prada permaneció en la península entre 1896 y 1897, en un viaje en el que trabó contacto con círculos librepensadores y republicanos. Sin embargo vio frustrado su intento de colaborar en revistas españolas .
Para profundizar en estos vínculos culturales entre los dos países, nada mejor que seguir al padre de Clemente, Ricardo Palma, el literato más célebre del ochocientos peruano, el Vargas Llosa de su tiempo por fama, en su periplo por tierras españolas, así como en su copiosa correspondencia con los interlocutores hispanos más relevantes . Palma, en aquella coyuntura finisecular, gozaba de popularidad en toda Latinoamérica gracias a sus Tradiciones peruanas. La tradición venía a ser un nuevo género, en el que mezclaba la historia y la leyenda, con un estilo ágil y anecdótico, plagado de humorismo, con el que recorrió desde la conquista hasta la independencia.
Para sus adversarios, entre los que brillaba uno especialmente furibundo, Manuel González Prada, su figura equivalía a frivolidad. Peor aún, a una querencia retrógrada por tiempos definitivamente muertos, expresada en los arcaísmos de su lenguaje. Por esta nostalgia de la era colonial, su obra no merecía sino rechazo. ¿Acaso no era filoespañol cuando lo que el país necesitaba eran intelectuales orientados hacia Europa? Más que mirar al pasado, el escritor debía orientarse hacia el futuro, hacia las ideas nuevas . Otros críticos, en cambio, apuntaron que una cosa era ser tradicionista y otra muy distinta tradicionalista. Cierto que Palma recreaba el Perú virreinal, apuntó el marxista Mariategui, pero lo hizo desde ironía y la irreverencia.
Como veremos, se trata de un hombre bien relacionado con los círculos más selectos de las letras y la política. Lo mismo trabó amistad con los emblemas más o menos recalcitrantes de la España oficial que con aquellos que ofrecían alternativas políticas y culturales. Pensamos, sobre todo, en sus contactos con Cataluña. Se transforma así en un observador privilegiado de la conflictiva dinámica centro-periferia, con una clara apuesta por el dinamismo industrial de Barcelona frente al símbolo del estancamiento en que se ha convertido Madrid.

Las expectativas de un aniversario
En 1892, tuvieron los fastos conmemorativos del cuarto centenario del descubrimiento de América . En los años precedentes, diversas iniciativas habían apostado a fortalecer los lazos intelectuales entre la comunidad iberoamericana. Surgieron con este fin revistas como La Ilustración Española y Americana, o entidades como la Unión Ibero-Americana, dirigida a “estrechar las relaciones de los escritores de América Latina, con los de la vieja metrópoli, por medio del comercio de las ideas y el cambio de sus producciones literarias” .
España, pese a su grave crisis económica y social, apostó por la organización de un evento con el que esperaba relanzar su imagen internacional. Como era de esperar, se patrocinó una visión de la conquista y la colonización que, si de algo pecaba, no era de autocrítica. Había que cantar las antiguas glorias con vistas a articular un relato acerca de la identidad patria, de manera que pudiera fortalecerse el estado-nación . Tal vez por el exceso de triunfalismo llegaron tan pocos representantes hispanoamericanos, apenas unos trescientos. La frialdad de la repuesta, según Palma, obedecía un sentimiento de indiferencia hacia la antigua metrópoli. Las nuevas generaciones volvían su mirada hacia Alemania o Francia, en busca de referentes para la tan ansiada modernización de sus países. Los resabios neocolonialistas de Madrid no contribuían, por otra parte, a normalizar las relaciones. Se creaba así un distanciamiento ilógico entre comunidades a las que unía una misma lengua y una misma cultura.
A nuestro tradicionista, los múltiples actos programados le despertaron un profundo interés. Muy superior, según confesión propia, al de la Exposición Universal de Chicago que por entonces se preparaba. Por ello, se preparó ilusionado para viajar a España, al contar con una excedencia que le había concedido al gobierno. Participaría en congresos, conferencias, discursos y exposiciones como representante oficial de su país, con la categoría de ministro. De hecho, fue el único en desplazarse en nombre del Perú. La escritora Mercedes Cabello, finalmente, no llegó a viajar, sin que se conozcan con exactitud las razones.
Era la primera vez que Palma visitaba la península y llegaba acompañado de dos de sus hijos, Angélica y Ricardo, de trece y once años. Tuvo así la oportunidad de visitar diversas ciudades. Madrid, naturalmente, donde permaneció varios meses, pero también Burgos, Huelva, Córdoba, Sevilla o Barcelona. Su labor para favorecer el acercamiento cultural entre España y Perú iba a ser incansable, no sólo en el terreno de las humanidades, también en el ámbito científico. Para impulsar una Academia de Ciencias correspondiente de la de Madrid, contactó con un eminente farmacólogo y bioquímico, José Rodriguez Carracido, al que entregó un ejemplar del Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, por más que su contenido nada tuviera que ver, en su mayoría, con las ciencias exactas .

La república de las letras
Durante su estancia coincidió con otros escritores latinoamericanos que también representaban a sus países, caso de Rubén Darío, Zorrilla de San Martín o Juan Ferraz, con los que coincidía los sábados por la noche, en la tertulia de Juan Valera, quién les invitaba con total solicitud. Trató, por otra parte, con la flor y nata de las letras españolas, ya hablemos de dramaturgos como Tamayo y Baus, poetas como Campoamor o novelistas de renombre, caso del citado Valera o de Emilia Pardo Bazán. Asistió a la tertulia semanal de esta última, a la que solicitó un prólogo para Lucecitas, de la peruana Teresa González de Fanning. Palma se desesperaba ante la tardanza de la escritora gallega, ya que el libro estaba impreso y sólo faltaban sus palabras de presentación. Ella, finalmente, entregó un texto que al peruano le pareció decepcionante, algo escrito con rapidez, simplemente para salir del paso, en el que también mencionaba a otras escritoras peruanas como Clorinda Matto de Turner, Mercedes Cabello de Carbonera, Amalia Puga y Lastenia Larriva. Elogiaba a González de Fanning, sí, pero meramente por cortesía, encareciendo lo agradable de su lectura, a la vez que marcaba distancias con una escritora con la que no tenía ninguna similitud ideología, vistas sus opiniones tímidas y atrasadas. Tenía razón, ya que la peruana, pese a defender a los derechos femeninos, lo hacía desde una moderación extrema, hasta el punto de considerar inconveniente que la literatura fuera para la mujer una distracción. Todo lo más, admitía en las letras un entretenimiento provechoso .
Palma, evidentemente, no estaba de acuerdo en tildar de “pacata” a la Fanning, por lo que en sus Recuerdos de España la defiende frente a la Pardo Bazán. En cuestiones de género, su postura siempre fue declaradamente antifeminista, advirtiendo una y otra vez a sus colegas, como Clorinda Matto de Turner, que no se mezclaran en cuestiones de hombres.

Entre la clase gobernante
En España, aunque su objetivo era la historia y la literatura, no la política, tampoco le faltaron contactos con los más relevantes estadistas. A destacar, sobre todo, su amistad con el líder conservador Antonio Cánovas del Castillo. Casado, por cierto, con una limeña. Su domicilio le impresionó vivamente por su magnificencia, de la que dejó una vívida descripción en carta a su esposa, Cristina:

“No alcanzarás nunca a imaginarte, como no me lo imaginaba yo, el lujo de la casa de Cánovas. Hay seis ó siete salones, todos distintos en su mueblaje y ornamentación. Uno de ellos es una galería de cristales con plantas y arbolillos tropicales” .

La nutrida biblioteca del político malagueño no podía menos que impresionarle. “¡Cosa soberbia!”, anota deslumbrado. Sólo tres amplios salones albergan treinta mil volúmenes, es decir, una cantidad casi equivalente a la de la Biblioteca Nacional del Perú. Palma, director de esta institución, luchaba arduamente por recomponer un fondo bibliográfico muy maltrecho tras el saqueo de las tropas chilenas, durante la desastrosa guerra del Pacífico. Tras el conflicto, quedó en una posición económica tan precaria que se planteó emigrar para poder mantener a su familia. Fue entonces cuando el gobierno le ofreció la dirección de la biblioteca, con la intención de que aprovechara su amplia red de contactos epistolares, en el viejo y el nuevo mundo, en beneficio de la Institución. Palma, sin saber aún a que atenerse, preguntó si se pretendía que se convirtiera en bibliotecario mendigo. Le respondieron que, efectivamente, se trataba de eso. Pese a lo escaso del sueldo, aceptó y se dedicó con entusiasmo a solicitar a las almas generosas donaciones de nuevos libros.
Visto lo visto, no es de extrañar su reacción ante la colección personal del español, que cuenta, además, con la ventaja de la iluminación eléctrica. Unos medios materiales que contrastaban de forma hiriente con su pobreza de recursos. Así, en Madrid, tuvo ocasión de adquirir un valioso manuscrito inédito para la biblioteca, pagándolo de su propio bolsillo. Después, en Lima, su gobierno ya se lo reembolsaría en el sueldo. Con todo, adquirió varios cientos de libros y solicitó cuantas donaciones pudo a instituciones o escritores.
Tuvo ocasión de ser presentado a la reina regente, María Cristina, pero, empujado por sus convicciones antimonárquicas, dejó pasar la oportunidad. No sin humor, escribió a su esposa que su espina dorsal carecía de flexibilidad para reverencias cortesanas. En la misma carta, dejó un retrato inmisericorde de la soberana, a la que describió como una cuarentona enjuta de carnes, más fea “que un matrimonio mal avenido” pese a su aspecto simpático.
Al acabar su misión diplomática, la reina le nombrara Comendador de la Orden de Isabel la Católica. Aceptará el título por cortesía, pero con frialdad, por tratarse de una distinción de la Corona. No se le ocurrirá hacer uso de ella.

Elogios con claroscuros
Su visión de la España canovista es francamente positiva: le parece un país con más libertad política que el resto de Europa y que muchos estados hispanoamericanos. Prueba de ello sería la práctica, sin obstáculos, del derecho de asociación: todos los partidos podían defender sus ideas y contar con sus propios órganos de prensa. La gente se enfervorizaba con la política, aunque, por suerte, sin llegar a extremos violentos. Todo lo contrario de lo que ocurría en Perú: “Mañana es día de gran ajitación (sic) en toda España, pues se realizarán las elecciones de diputados. Solo que aquí no hay cabezas rotas como entre nosotros” .
En esos comicios parlamentarios, los de 1893, los republicanos se alzaron con la victoria en Madrid, en el mismo corazón de la monarquía, por 26.000 votos contra 22.000 de los candidatos gubernamentales. A Palma, el hecho le pareció tremendamente significativo. Con un exceso de optimismo, le escribió a su mujer que todo hacía suponer que España acabaría el año convertida en República.
El país real, de hecho, no parece muy identificado con la Corona. Su titular, en esos momentos, es un niño de endeble constitución, Alfonso XIII. Pero a sus súbditos, más que por su mala salud, se preocupaban por la grave cornada que acaba de recibir un matador de toros, el Espartero, célebre por su inaudito valor. Así lo anota Palma, sorprendido, para concluir que en España vale más ser torero que rey.
También resultan jugosos sus retratos de la élite política del momento. En sus Recuerdos de España traza semblanzas amables, llenas de elogios que rozan el incienso. Lo realmente jugoso, sin embargo, es su manera de introducir comentarios críticos, a veces contundentes, sin perder la elegancia, la ligereza y la socarronería que siempre fueron su distintivo como escritor. Así, aunque simpatiza con los republicanos, los dibuja como una olla de grillos, un caos imposible de entender. De ahí su debilidad, aunque considera que disfrutan de una mayoría social que no son capaces de aprovechar por su misma fragmentación. Unos pretenden llegar a la república a través de una revolución violenta, otros por evolución, aunque se produzca en un futuro lejano. Entre éstos últimos de cuenta Emilio Castelar, de quien Palma ofrece un retrato lleno de claroscuros. Viene a afirmar que es un político demasiado acomodaticio, cuyos principios no son precisamente de la solidez del peñón de Gibraltar. Su falta de coherencia se refleja en su actitud hacia Cuba, al defender a machamartillo el dominio hispano. Si se trata la isla, no tiene empacho en renunciar a las ideas democráticas que profesa en otros contextos, al dejar que la fidelidad a España prime por encima de cualquier otra consideración. Su liberalismo, por eso, no se distingue por su buena calidad, de acuerdo con el peruano.
Nos encontraríamos, en resumen, ante una figura de gran talento, sobre todo literario, capacitada para muchas cosas menos… para la política. Por más obsequioso que intenta ser Palma, su conclusión acaba por imponerse devastadora: su retratado no es sino otra “ilustre calamidad” de las que abundan en España.
En los carlistas, en cambio, sí percibe la unidad tan escandalosamente ausente entre los republicanos. Tal vez por eso lleguen a triunfar, pese al sectarismo político que los distingue, sobre todo teniendo en cuenta la anarquía que reina entre sus rivales. No obstante, de su líder y pretendiente al trono, don Carlos, habla en términos positivos. Lo había conocido durante su visita a Lima, al recibirlo en la Biblioteca Nacional. Le pareció un hombre muy ilustrado que no respondía al clásico arquetipo del reaccionario. Todo lo contrario, ya que no estaba “lejos de transigir con muchas de las ideas modernas que la marcha progresiva de la humanidad ha impuesto” .

La contienda con los académicos
No obstante, las cosas del idioma le interesaban mucho más que las de la política. Cada jueves, asistía a las sesiones de la Real Academia de la Lengua, dispuesto a librar una difícil batalla: la de introducir en el diccionario múltiples neologismos americanos. Sin embargo, lejos de hallar oídos receptivos, encontró una incomprensión total que le produjo gran amargura. Apenas unos pocos, entre ellos Campoamor, Castelar y el catalán Víctor Balaguer, votaron a favor de su iniciativa. Éste último, en perfecta sintonía con sus inquietudes, se quejó de que los españoles no quisieran aceptar que el tiempo de su dominio sobre América había pasado para siempre .
El resto los académicos mantenía una actitud de total intransigencia lingüística que sólo contribuía a enajenarles las simpatías de los sudamericanos. Castelar intervino para argumentar que el criterio de la Academia tenía que ser forzosamente conservador, de manera que preservara la lengua española de formas ilícitas. Palma no tenía razón en molestarse porque tampoco se habían admitido términos utilizados por escritores tan ilustres como Campoamor, Menéndez Pelayo o Balaguer, todos ellos académicos . El tradicionista, sin embargo, no quedó convencido. A sus ojos, el rechazo al español del otro lado del Atlántico resultaba algo incomprensible y vejatorio, en cuanto demostración de un doble rasero escandaloso. Se podían admitir provincialismos de Albacete o Teruel, pero no palabras que en el Nuevo Mundo utilizaban millones de personas. Si se había llegado a esta situación, ello se debía, a su juicio, a que las decisiones se hallaban en manos de personas por completo incompetentes, la mayoría con más méritos políticos que lingüísticos o literarios. Incapaces, en consecuencia, de la menor aportación científica. En su correspondencia privada, no escatima los sarcasmos más hirientes para fustigarlos:

“¿Cómo podré yo reconocer que el Señor Commelerán, por ejemplo, que en mi tierra, no pasaría de maestro de villorrio, sea autoridad competente para fallar en cuestiones de lenguaje? Y lo que digo á U. de Commelerán lo aplico a D. Eduardo Saavedra, á Barrantes y á otros, que serán eminencias en todo menos en letras, y al mismo padre Mir, el de la revesada sintaxis, á quien debe la lengua castellana el portentoso descubrimiento de que armonía debe escribirse con h”.

A criterio de los conservadores más recalcitrantes, escribir un castellano correcto equivalía a emplear los modismos peninsulares, desterrando por sistema el léxico americano. Así opinaba, por ejemplo, Francesc Miquel i Badia, miembro de la Real Academia y puntal de la crítica literaria de signo conservador en Barcelona. En lo que pretende ser un elogio, este comentarista destacaba que Palma sólo de cuando en cuando utilizaba términos del Nuevo Mundo como chirinada o molinistas, que apenas dejaban “mancha en la castiza frase del distinguido escritor limeño” . Por eso se podían admitir, porque su aparición puntual las convertía en anécdotas más o menos extravagantes. Más claro no se puede decir: tales palabras constituían una especie de impurezas que afeaban el buen lenguaje.
Por suerte, nuestro hombre encontró mentes más receptivas, como la de Miguel de Unamuno. El escritor vasco coincidía en arremeter contra el uso fosilizado del idioma patrocinado por las instancias oficiales, convencido de que en las mismas se debía validar lo que era habitual en la calle. En 1904 le escribía a su amigo peruano para manifestarle la convergencia de sus puntos de vista: “Lo que me dice de la testarudez académica es el evangelio puro. Más aquí cada vez nos hacemos menos caso de la tal Academia y el lenguaje se ensancha y flexibiliza sin contar con ella” .
En cuestiones de léxico, pues, Ricardo Palma se situaba a la “izquierda” de la Academia. En cambio, respecto a la incorporación de la mujer a tan docta institución, se mantenía apegado a los usos más rancios. El debate no era una mera abstracción ya que se había planteado la admisión de la novelista Emilia Pardo Bazán. El peruano, si bien reconoce su talento literario, invoca aquí “tradiciones seculares” –curiosa paradoja, tratándose de un liberal- para oponerse a que se franqueen las puertas a la ilustre literata. A la que aconseja, no sin condescendencia, que se limite a las prerrogativas femeninas sin pretender usurpar las que ostentan los hombres, ya que su gloria no se verá más realizada, más bien todo lo contrario, por sus “aspiraciones varoniles”. Porque, a fin de cuentas, a una mujer no le cuadra “la severidad autoritaria del académico”. De hecho, entre protestas de cariño y simpatía, acaba llamándola poco menos que marimacho: “Hay mucho, muchísimo de varonil, no sólo en el talento sino en las condiciones físicas y hasta morales de la mujer”. El comentario aún se podría interpretar en términos elogiosos si sólo se refiriera a los términos “morales”. Puesto que el hombre era el modelo a seguir fuera de los confines del hogar, no es infrecuente que se elogie la “hombría” de mujeres que se han distinguido, por ejemplo, al demostrar valor. Lo que nadie pretendió nunca, en cambio, fue elogiar un cuerpo femenino por su cercanía a los rasgos atribuidos a la masculinidad .

Simpatía por Cataluña
Desde Madrid, Palma pasó a una Barcelona que le deslumbró. Su vitalidad industrial, su mirada resuelta hacia el presente, resaltan más en comparación con el ritmo apagado de otras urbes, en las que se percibe “algo de cementerio”, una autocomplacencia de tintes patológicos con glorias caducas.
La comparación entre la ciudad condal y Madrid resulta netamente favorable, en múltiples aspectos, a la primera, donde brilla la actividad y la animación. Todo el mundo trabaja, no como en la capital del Estado, ese “emporio de ociosos”. Por eso, en una de sus cartas, Palma no duda expresar lapidariamente un contraste tan acusado: “Barcelona no parece España” . No en vano, cuenta con sus propias fuentes de riqueza mientras su rival, por el contrario “consume y no produce”. Su esplendor se debe a la iniciativa de la sociedad civil, por no esperar a que el progreso baje siempre de las disposiciones gubernamentales, como sucede en el resto del país o en las propias republicas americanas. En Barcelona, la ciudad no repara en esfuerzos para alcanzar cualquier mejora:

“Barcelona ha producido en mi ánimo la impresión de una mujer bellísima que, para embellecerse más, no descuida la adquisición de joyas, sin reparar en el precio que el mercader exija. No le bastaba su espaciosa y elegante Rambla, con su delicioso Mercado de las flores. Aspiró a más paseos centrales, y la Gran Vía, el Parque, la Avenida de Colón y el caprichoso Acuario surgieron mágicamente. ¿Era pobre su teatro principal? Pues construyamos, dijeron los entusiastas catalanes, el Liceo, al lado del que, ciertamente, muchos de los de las grandes capitales europeas no pueden aspirar a superioridad”.

El tradicionista tiene la impresión de hallarse en una urbe que, al contrario que las de Castilla, sí puede equiparse con las de Europa. La Rambla, por ejemplo, no desmerece si se compara con los bulevares parisinos.
Así las cosas, hasta la naturaleza ofrece una sensación de mayor dinamismo. El viajero puede admirar en los jardines árboles verdes y robustos, tan diferentes a los del paseo madrileño de la Castellana, que a Palma le habían parecido enfermizos. El peruano, por otra parte, agradece un clima más favorable que el de la capital. Su catarro, amenazante, empieza a remitir cuando sólo han trascurrido tres días de estancia.
La imagen positiva quedó redondeada por el cálido recibimiento de los periódicos barceloneses. La Ilustración Artística, por ejemplo, le dedicó un rendido panegírico:

“Hoy nos limitaremos a dar la más cordial bienvenida al ilustre americano que no ha querido regresar a su patria sin honrar con su presencia nuestra ciudad, al literato insigne cuya prosa puede competir con la de nuestros más castizos hablistas del siglo de oro y en cuyos versos admirase la inspiración de nuestros poetas, al político eminente que ha ocupado los más altos cargos en el gobierno y en el parlamento de su país” .

El cronista exageraba su importancia política. Había ocupado el cargo de senador, se había involucrado en conspiraciones en su juventud, pero tenía a gala no pertenecer a ningún partido, lo que facilitaba su amistad con los militantes de todos.
A su vez, el político y escritor Josep Roca i Roca, desde la primera página de La Vanguardia, le saludó como uno de los escritores más eminentes en lengua castellana, dedicándole elogios por su “increíble garbo” o por su “pluma ligera y espiritual”: Precisamente por eso, por el indiscutible talento literario de un hombre célebre en toda América Latina, no acertaba a entender que su visita a Madrid hubiera pasado sin pena ni gloria. Ello demostraba la gran distancia que aún separaba a España, la madre patria, de las republicas americanas o, como decía Roca, de sus “hijos emancipados”.
El comentario supone, obviamente, una crítica apenas velada del centralismo de Madrid, tan incapaz de entender las peculiaridades catalanas como las del otro lado del Atlántico. Suerte que Palma iba a dejar pronto de ser un desconocido en la península, en cuanto una importante editorial sacara a la luz sus obras escogidas. Porque no bastaba que las Academias de la Lengua y de la Historia le aceptaran entre sus miembros: el público español debía leerle y admirarle .
Aclamado por la prensa, nuestro hombre visita al dibujante Apeles Mestres, el que había ilustrado algunas de sus tradiciones aparecidas en Buenos Aires. Se encuentra, además, con una Comisión del Ateneo. Y no pierde la ocasión de visitar, en Vilanova y la Geltrú, la biblioteca de su amigo Víctor Balaguer, en su opinión la mejor de Cataluña. En Recuerdos de España, dedicará a Balaguer una semblanza en términos muy cálidos, presentándolo como un orgullo para el idioma catalán, por su poesía patriótica. Elogiaba, asimismo, al hombre de talante liberal, que tenía incrustada en su alma una de las cualidades más admirables, la tolerancia. Esta manera de ser le lleva a no imponer las propias opiniones, todo lo contrario que uno de sus colegas castellanos, el poeta Núñez de Arce, al que Palma parodia por su excesivo acaloramiento a la hora de defender sus ideas.
Entre escritores, el intercambio de libros no podía faltar, lógicamente. Balaguer, por ejemplo, envío a Lima En Burgos, así como el volumen Juegos florales y discursos. A Palma le interesaban todas las obras de su admirado colega, pero, como responsable de la Biblioteca Nacional del Perú, tenía un motivo añadido para perseguirlas.
En su correspondencia con el catalán se muestra afectuoso, lleno de confianza. Lo mismo habla de su hijo Clemente, empeñado en priorizar sus devaneos literarios sobre los estudios de abogacía, para inquietud de un padre que veía peligrar el futuro económico de su retoño, que despotrica contra la Real Academia Española.

“Se nos ama muy poco”
Concluida su estancia en Barcelona, sólo le quedaba ya regresar a Lima. Por desgracia, abandonó la península con cierto regusto amargo. Aunque le maravillaban la historia y la cultura que había tenido ocasión de conocer, su liberalismo se incomodaba ante lo anticuado de las instituciones oficiales, como hemos visto en el caso de la Real Academia, o la preeminencia de ciertos reaccionarios, a los que tacha de “ilustres calamidades”. No tenía queja del trato de sus anfitriones, que se habían esforzado en agasajarlo “como á niño mimado”, por decirlo con sus propias palabras. El marqués de Sotomayor, sir ir más lejos, hasta le enviaba todos los días un criado con una invitación para almorzar o comer, además de poner a su disposición alguno de sus coches. En tanto desvelo algo debió influir, sin duda, el hecho de que su esposa fuera limeña. De todas formas, el peruano no percibió un auténtico afecto detrás de la cortesía de los españoles, que calificó de “estudiada”. Según él, todos los representantes de las repúblicas sudamericanas se llevaron esta impresión. “En el fondo, se nos ama muy poco”, escribió desengañado. Mientras en América se procuraba un acercamiento a la madre patria, la Real Academia se obstinaba en mantener el distanciamiento en cuestiones idiomáticas .
En los años posteriores, Palma siguió con mucho interés la evolución peninsular, en especial la guerra colonial en Cuba, desde su declarada simpatía hacia los independentistas. La isla tenía el mismo derecho que había tenido Perú para constituirse en Estado, pero, si el cambio había de ser para sustituir el dominio español por el de Estados Unidos, Palma prefería sin dudar el primero. A fin de cuentas, se trataba de una situación en la que podían mantenerse las esperanzas en un futuro de libertad .

La crítica a Benito Pérez Galdós
Su relación con España continuó por vía epistolar. Destacan sus cartas con Antoni Rubió i Lluch, con el que había coincidido en la tertulia de Emilia Pardo Bazán, también frecuentada por otro catalán, el escritor Melchor de Palau. Rubió i Lluch era un nacionalista conservador, historiador de la literatura y del medievo, hijo de Joaquim Rubió i Ors, uno de los grandes representantes del resurgir de la cultura catalana en el siglo XIX .
A principios de 1901, Palma le escribe comunicándole su retiro del mundo de las letras. “Hay que ceder el campo a la nueva generación”, le dice. En la carta, demuestra contar con muy buena información sobre las novedades literarias peninsulares. A su juicio, el teatro dramático catalán, representando por un Ángel Guimerà y su Terra baixa (Tierra baja), supera con mucho el de Castilla, tanto en éxitos de crítica como de público por tratarse de obras accesibles a todo el mundo.
Respecto a la dramaturgia del resto de España, Palma comenta con entusiasmo la aparición de Electra, de Pérez Galdós, envuelta de un tremendo escándalo por sus andanadas contra la Iglesia. Aún no la conoce, pero tiene puestas en ella fundadas esperanzas, vistas las críticas de los diarios. Un anticlerical como él no puede sino ver con simpatía la aparición de una pieza donde se fustigan los vicios de los sacerdotes. España, en su opinión, debe librarse de la rémora eclesiástica si no quiere continuar sometida al oscurantismo:

“Ya es tiempo de desprenderse de las garras de los jesuitas y de la frailería. Mientras en España sea la sotana fuerza y poder, la civilización seguirá perdiendo en ella terreno. Con la austriaca ex abadesa que gobierna en Madrid no se desprenderá España de la lepra que la roe, y lo peor es que al futuro rey le estarán inoculando el virus del fanatismo religioso” .

Desde los parámetros del anticlericalismo más clásico, Palma imagina a España como un gran convento, en el que los españoles, reducidos a la minoría de edad, no tienen mejor cosa que hacer que gastar su tiempo en festividades religiosas. En realidad, el país vivía un conflictivo proceso de secularización, con grandes masas trabajadoras bajo el influjo del anarquismo o del socialismo, dos ideologías totalmente adversas a los postulados católicos.
A partir de estas premisas leerá Electra, para acabar decepcionado contra todo pronóstico. No planteará su crítica en el terreno ideológico, donde la coincidencia es total, sino en el literario. Porque Galdós, a su juicio, ha cometido una insensatez. Introducir un elemento sobrenatural -a la protagonista se le aparece su madre-, significa retroceder al romanticismo más trasnochado, algo imperdonable en quién pretende reflejar fielmente la realidad.

Horizontes de tormenta
La visión de Palma, acabamos de comprobarlo, no se distingue por su optimismo al habar del problema religioso español. Tampoco al referirse a la cuestión militar. A principios del siglo XX, desde su punto de vista, el sistema de la Restauración había retrocedido al tiempo de los espadones del reinado de Isabel II. Dirige sus dardos, en concreto, contra el general en el que cree ver la encarnación de los peores vicios del pretorianismo, Valeriano Weyler. No esperaba de él sino una catástrofe, vista su controvertida actuación durante la última guerra colonial: “Weyler ensangrentará el país. Las atrocidades de ese hombre, en Cuba, dieron funestísimos frutos para España. Y, sin embargo, hoy está en el pináculo: es casi la omnipotencia en España”.
No es causal, evidentemente, que su análisis se haya vuelto progresivamente más sombrío. Entre sus comentarios de 1893 y los de principios del siglo XX, el país ha sufrido el desastre colonial del 98, así como un proceso de creciente inestabilidad. Palma, en su correspondencia, da cuenta de ese clima cada vez más enrarecido “Veo, en la patria de usted, que se aglomeran muchas nubes en el horizonte político y social”.
El peruano aludía a un cúmulo de motivos para la inquietud, desde la torpeza gubernamental a las frecuentes huelgas o a la represión violenta de la disidencia republicana. En 1909, comentará el regocijo que ha producido en Perú la caída del presidente del gobierno, Antonio Maura, tras la Semana Trágica de Barcelona y la controvertida ejecución del pedagogo libertario Francisco Ferrer. Puntualmente informado como siempre, deseaba que España se librara cuanto antes de la mortífera guerra de Marruecos .
Su obra, mientras tanto, había visto la luz en Barcelona. La casa Montaner y Simón, una de las más importantes en la Cataluña finisecular, publicó sus Tradiciones en cuatro tomos ilustrados por uno de los mejores dibujantes del momento, Nícanor Vázquez, con una tirada de veinte mil ejemplares. A cambio, Palma recibió la sustanciosa suma de diez mil francos. La editorial, creada en 1888 por Ramón de Montaner y Francesc Simón, se dedicaba a las obras de gran formato como las enciclopedias o las historias del arte, siempre con gran despliegue de recursos . Algún tiempo después, apareció un volumen titulado Mis últimas Tradiciones peruanas. En esos momentos, su hijo Clemente era cónsul peruano en la ciudad condal, donde contrajo matrimonio.
Su amplio conocimiento de la cultura española no representaba un caso aislado en su país, donde encontramos a múltiples intelectuales preocupados por estrechar vínculos con sus colegas peninsulares. Así, en febrero de 1910, Rómulo Cuneo Vidal le escribía a Unamuno que en Perú se le conocía mucho más de lo que él pudiera imaginar. Cuneo, por otra parte, también entabló relación con el poeta Joan Maragall.

Un curioso no impertinente
Palma puede ser crítico con España, sobre todo cuando se trata de mostrar a esa parte de la nación marchita que, en palabras de Machado, “desprecia cuanto ignora” y aún se empeña en tratar a los latinoamericanos como a menores de edad. Con todo, su mirada resulta mucho más fresca y realista que la de esos anglosajones que llegaron a la península a la búsqueda de intensas emociones, en un entorno que consideraban medio barbarizado y que por eso mismo les atraía, cansados de la rutina de la civilización . En contraste con ellos, nuestro tradicionista no mira a los españoles desde arriba, como si fueran animales exóticos, sino de igual a igual, desde la admiración por una cultura que siente como propia y la preocupación por las turbulencias del momento. Son sus colegas los que no saben valorar que la cultura América Latina pertenece al acervo común del castellano con los mismos títulos que la de Córdoba o Valladolid. De ahí que, como tantos otros, el peruano se sintiera víctima de una situación asimétrica: mientras en América se acogían con entusiasmo las producciones culturales de la Madre Patria, tuvieran la calidad que tuvieran, en España se ignoraba olímpicamente lo que se escribía en sus antiguas colonias. Tanta disparidad, tanta falta de sentido de lo recíproco, suscitó la enérgica queja del colombiano Enrique Arciniegas: “maldito el caso que hacen de nosotros” .
De esta miopía generalizada sólo se salvarán algunos, pocos, espíritus clarividentes, caso de Víctor Balaguer. Aquí radica otro de los méritos de Palma: conocer y apreciar a la intelectualidad del momento más abierta a la modernidad, ya sea en Castilla o en Cataluña. Con ciertos límites, claro, porque no llega a vincularse a los círculos socialistas o ácratas. Nada extraño, en realidad, porque no nos encontramos ante un radical del estilo de González Prada, él si relacionado con los grupos más a la izquierda. Con todo, Palma anuda lazos con una intelligentsia que traza proyectos regeneracionistas para unos problemática que le debió recordar la de Perú, es decir, la de un estado donde la oligarquía terrateniente y la Iglesia disfrutaban también de un peso desmesurado, bajo unos gobiernos que el tradicionista juzga apáticos por naturaleza. A nuestro viajero, en conclusión, no se le debió escapar el paralelismo entre dos países que buscaban lo mismo, el progreso, en medio de mil incertidumbres.

La Casa Museo Ricardo Palma

A principios de la década de 1960, el Frente de Cooperación Cívica de Miraflores, creado a fines de la década anterior por un grupo de vecinos de la ciudad, se abocó a la tarea de salvar la casa en que don Ricardo Palma, importante escritor peruano e ilustre miraflorino, había pasado sus últimos años, la misma que se encontraba a punto de demolida. El primero de sus éxitos fue la dación de la ley Nº 13898, del 19 de enero de 1962, mediante la que se declara al inmueble “Museo Histórico Nacional”.

De inmediato, el Frente estudió la forma de adquirir el inmueble y equiparlo debidamente, lo que se logró con recursos provenientes de un legado testamentario de doña Augusta Palma, hija del escritor, fallecida el 18 de junio de 1963, un aporte de la Municipalidad de Miraflores y donaciones de personas amigas e instituciones locales. El 6 de octubre de 1969, día en que se recordaba el 50º aniversario del fallecimiento del escritor, el local abrió sus puertas al público con el nombre de Museo y Centro de Estudio Ricardo Palma. El inmueble ha sido habilitado adecuadamente, cuenta con una sala de actuaciones con capacidad para 80 personas y custodia los muebles que habían pertenecido al propio tradicionista y otros bienes donados por la familia Palma y amigos de la institución, y una important6e biblioteca.

Con el tiempo algunas de las entidades que forman parte de la historia de la institución han variado: por ejemplo, el nombre primitivo de Casa y Centro de Estudio Ricardo Palma ha pasado a ser el de Casa Museo Ricardo Palma; a su vez el Frente de Cooperación Cívica de Miraflores, organización de amigos de la ciudad, ha sido reemplazado por la Fundación Ricardo Palma que ya ha cumplido 45 años de fecunda existencia.

La actual Casa Museo Ricardo Palma es administrada conjuntamente por la Municipalidad de Miraflores y la Fundación Ricardo Palma a merito del convenio suscrito por ambas partes y que fuera aprobado por el Patronato de la Casa Museo Ricardo Palma en sesión del 3 de octubre de 1968, fecha en la que se instaló, y por el Concejo Distrital de Miraflores, en sesión del 8 de octubre de 1970.

Las actividades culturales que se desarrollan en la Casa Museo se encuentran a cargo de un Patronato integrado por representantes ad-honorem de la Municipalidad y de la Fundación Ricardo Palma y las atribuciones y responsabilidades de ambas partes se encuentran descritas en el convenio mencionado anteriormente.

La Casa Museo Ricardo Palma es hoy uno de los lugares emblemáticos de Miraflores y su importancia histórica deriva de que fue la última morada del tradicionista, quien falleció en ella el 6 de octubre de 1919. Como se ha indicado, el local es propiedad de la Municipalidad de Miraflores y de la Fundación Ricardo Palma mientras que todos los bienes históricos que custodia, como cuadros, cartas, libros, medallas, muebles, etc. pertenecen a la Fundación Ricardo Palma y se encuentran inscritos en el Sistema Informatizado de Registro del Instituto Nacional del Cultura, hoy Ministerio de Cultura. La Casa Museo fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1962. En la actualidad, su estado de conservación es excelente.

La Casa Museo Ricardo Palma recibe cada mes personal académico, estudiantes de Lima y provincias, turistas nacionales y extranjeros-, quienes aprovechan el programa de visitas guiadas que se ofrece en castellano e inglés. El programa comprende, además, la entrega de material explicativo y la presentación de un documental sobre Palma producido por el cineasta Augusto Tamayo.

Con el propósito de fomentar la lectura de las Tradiciones Peruanas, la Fundación Ricardo Palma ha editado 10 series de Tradiciones que se venden a precio de costo. Todos los ingresos de la Casa Museo están destinados a su mantenimiento, mejoras, edición de libros y folletos y para sostener las actividades culturales que allí se realizan.

Julio Ramón Ribeyro sobre Palma

Lima ha ganado en civilización; pero se ha despoetizado y día a día pierde todo lo que de original y típico hubo en sus costumbres. (Ricardo Palma: «Con días y ollas venceremos»)
Sin las Tradiciones nos sería difícil, por no decir imposible, imaginar nuestro pasado desde la Conquista hasta la Emancipación. Estaríamos huérfanos del período más próximo y significativo de nuestra historia milenaria. Ese vacío podríamos colmarlo, es cierto, pero cada cual a su manera y a costa de un esfuerzo desalentador, buscando y leyendo cientos de libros y documentos poco accesibles, áridos, mal escritos o idiotas. Ricardo Palma cumplió ese trabajo por nosotros. […] extrajo lo que a su juicio era digno de recordarse y transmitirse. Es posible que olvidara muchas cosas, desdeñara otras e inventara una buena parte y que impregnase todo lo que tocó con su espíritu festivo, ligero y socarrón, impermeable a los aspectos más graves y dramáticos de nuestra realidad. Sabemos ahora que de los 50.000 habitantes que tenía Lima a comienzos del siglo XVII, 40.000 eran esclavos negros o servidores indígenas, de cuya vida, problemas y luchas queda poco o nada en la obra de Palma. Pero aún así, las Tradiciones son la única prueba accesible, artística y entretenida que tenemos de ese pasado. Ninguna obra anterior o de su época se le puede comparar (salvo Garcilaso para el Incario y primeros años de la Conquista). […] Si la imagen palmiana de Lima subsiste es porque nadie ha sido capaz de desembarazarnos de ella.

José Miguel Oviedo sobre Palma

Palma rescató del olvido un pasado peruano que la historia oficial no iba a registrar; un pasado doméstico, de quisicosas: migajas de un banquete solemne. En ello residen la significación literaria y las limitaciones estéticas de su arte. Palma vivificó ese pasado y lo acercó al presente, para darle vitalidad y animación de cosa actual, plena de color y movimiento. […] Pudo escribir la gran novela peruana del siglo XIX […] pero se contentó con pintar estampas amablemente irónicas y delicados esmaltes coloniales; prefirió la amenidad y la brillantez inmediatas -exigencias de una literatura «popular»- a la visión honda y a la interpretación menos eventual de una sociedad que conocía muy bien. La sátira y el humor fueron una máscara fiel […] pero también fueron un disfraz cortesano que ocultó los más dramáticos perfiles de nuestra sociedad decimonónica.
José Miguel Oviedo

Ricardo Palma, vecino ilustre de Miraflores

Ricardo Palma nació en Lima en 1833. De familia humilde, su padre le dio la mejor educación que sus escasos recursos podían conseguir. Desde muy joven se dedicó al periodismo y colaboró en las más importantes publicaciones de la capital; dirigió El Burro y la importante Revista de Lima. Entre 1852 y 1860 integró el cuerpo administrativo de la Marina Peruana como contador y, mientras navegaba, pudo leer los clásicos españoles. A raíz de una aventura política promovida por los liberales, entre 1860 y 1862 estuvo desterrado en Chile. Después de viajar a Europa, Brasil y Estados Unidos (1864-1865), se dedicó a la política, llegando a ser secretario del Presidente de la República José Balta, y senador por Loreto. Participó en el Glorioso Combate del 2 de Mayo de 1866, por lo que fue condecorado. Cuando estaba completamente dedicado a sus tareas de escritor, defendió a la patria en el Batallón N° 4, junto a otros heroicos vecinos, en los reductos de Miraflores y pudo ver, cómo los invasores incendiaron su casa donde se perdió su valiosa biblioteca de 4000 volúmenes. Al protestar públicamente por el alevoso saqueo de la Biblioteca Nacional fue detenido por las fuerzas de ocupación chilenas y estuvo preso varios meses.
Por encargo del gobierno, entre 1883 y 1912, asumió la responsabilidad de reconstruir y dirigir la Biblioteca Nacional durante 29 años, lo que logró exitosamente a base de su prestigio personal pues carecía de recursos. En 1892 representó al Perú en España en los actos conmemorativos del IV centenario del descubrimiento de América.
Fue poeta, dramaturgo, novelista, lexicógrafo, historiador, periodista y, sobre todo, autor de diez series de las famosas Tradiciones Peruanas, subgénero literario que creó y tuvo rotundo éxito en toda América Latina convirtiéndolo en el más importante escritor peruano hasta entrado el siglo XX. Retirado de toda actividad pública, murió en su casa de Miraflores, hoy Casa Museo, el 6 de octubre de 1919.

Palma en el Miraflores de hoy
Si Don Ricardo Palma regresase a la vida por un día, es muy probable que visitara una de las tantas cafeterías de nuestro distrito a tomarse un buen café negro para conversar con sus amigos y vecinos, leer los periódicos del día, firmar autógrafos y terminar con una tertulia literaria. Y es que el célebre autor de Tradiciones Peruanas tuvo su primera casa en su amado Miraflores en el lugar donde ahora está la Tiendecita Blanca, y la segunda, donde vivió sus últimos seis años de vida, a pocas cuadras en la calle General Suárez 189, hoy una Casa Museo llena de recuerdos. Don Ricardo acostumbraba salir a pasear a la alameda que hoy lleva su nombre y disfrutaba mucho de conversar con la gente que tanto lo admiraba. Quienes de Lima querían visitar a Palma tenían que hacerlo viajando primero en tren y después en tranvía. Hoy en esa ruta están la Vía Expresa y el Metropolitano. Ambas obras maravillarían a Don Ricardo, y también el notable estado de la Huaca Pucllana, que en su época era llamada Juliana y sobre la cual escribió la Tradición El Carbunclo del Diablo. Palma llamaba a Miraflores “pueblito poético” por sus alamedas sembradas con pinos y huertas con aromas frutales. El “viejito socarrón” se sorprendería también con las playas de la Costa Verde, ya que antes el mar llegaba hasta los acantilados y solo unos pocos valientes se aventuraban a nadar en unos incómodos bañadores. Ciertamente el bullicio, el tránsito y los diversos comercios le llamarían mucho la atención y trataría de conversar con los jóvenes para preguntarles sobre esos extraños aparatos con los que hablan o escuchan música. Más tarde visitaría su casa de la calle Suárez y se sorprendería gratamente de su buen estado de conservación.
Se acaba el día y probablemente veríamos al Tradicionista, muy emocionado, dejando unas flores en el Parque Reducto por los héroes que allí cayeron y están enterrados. Allí volvería a recordar cuando vio a Cáceres en su caballo gritando ¡Pararse muchachos, Viva el Perú! y al Capitán de Navío Juan Fanning avanzando con bayoneta calada con los bravos infantes de marina hacia la gloria.

Casa Museo Ricardo Palma
La Casa Museo Ricardo Palma es el lugar donde nuestro célebre escritor y tradicionista, don Ricardo Palma, pasó sus últimos años de vida, desde 1913 hasta 1919 y es la única de las casas donde vivió que existe.
En vista de la importancia de esta finca, por el hecho de haber dado albergue a la ancianidad de Palma, desde 1959 a iniciativa del Frente de Cooperación Cívica de Miraflores, encabezado por la hija del tradicionista Augusta Palma Román y el ingeniero Eugenio Alarco Larrabure, se efectuaron muy activas gestiones para obtener la expropiación y adquisición de la casa, siendo reconocida el 19 de enero de 1962 mediante Ley del Congreso como Monumento Histórico Nacional, ya que anteriormente fue utilizada como locación a un colegio fiscal. Al año siguiente, en 1963, la casa fue adquirida finalmente por el Frente de Cooperación Cívica y la Municipalidad de Miraflores para su uso como museo y centro de estudios, siendo finalmente inaugurado el 6 de octubre de 1969, en el marco del 50º aniversario del fallecimiento del Tradicionista. La construcción del inmueble presenta el aspecto típico de las casas huertas de comienzos del siglo XX, construida en base de adobes de una sola planta.
Hoy la Casa Museo Ricardo Palma recibe a visitantes nacionales y extranjeros, así como investigadores de la obra del Tradicionista. En su Salón de Actos se realizan diversas actividades literarias y culturales, presentaciones de libros, conferencias literarias, históricas y científicas.

Hijo soy de mis obras… Ricardo Palma

Hijo soy de mis obras
Pobre cuna el año 33 meció mi infancia
Pero así no la cambio por ninguna…

Preludio obligado
Lector, aquí me tienes por quinta vez en liza,
de históricos recuerdos te mando otro centón:
huyendo de un presente que el genio esteriliza,
mi templo es el pasado, mi altar la tradición.

De incásica huaca yo sé los secretos;
alcoba cerrada nunca hay para mí;
yo entiendo de magia, yo sé de amuletos,
yo soy taumaturgo, yo soy zahorí.

Si acaso me peta, bailar hago a un muerto;
yo tengo varita de ignota virtud;
si un texto me falta que pruebe un aserto,
lo pido a la Biblia, lo pido al Talmud.

Aquello que calla la historia adivino;
comento las suras que trae el Korán;
ya soy eremita, ya soy libertino;
ya vivo con Cristo, ya estoy con Satán.

Ya narro una dicha, ya cuento un desastre;
si hoy mal hablo de uno, mañana hablo bien;
tengo eso que llaman trastienda de sastre
y zurzo un vestido de guiñapos cien.

Tertulios son míos virrey y arzobispo;
de reo y verdugo compinche soy yo;
si el cuerpo me pide jarana, me achispo
con monjas severas, con damas de pro.

Yo soy infatigable trabajador. Hacino
las piedras para que otro levante arco triunfal.
Rebuscador de archivos, forrado en pergamino,
¿desdeñará mis piedras la historia nacional?

Miraflores, diciembre de 1879.

100 años de la casa de Ricardo Palma

A fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, Miraflores era un pequeño distrito separado de Lima por granjas, huertas y haciendas. La comunicación con la capital se realizaba por la carretera que seguía aproximadamente la ruta de la actual Vía Expresa del Paseo de la República, al lado de la que circulaba el tranvía eléctrico que recorría la ruta Lima-Chorrillos.
Ricardo Palma fue vecino de Miraflores en dos ocasiones, la primera, de 1878 a enero de 1881 (cuando la casa en que residía, ubicada en la calle Centro, hoy Manuel Bonilla, fue incendiada por el ejército invasor durante la Guerra del Pacífico), y la segunda desde 1912 hasta su muerte en 1919. Al volver a Miraflores en 1912 después de dirigir la Biblioteca Nacional durante 29 años y ocupar las instalaciones que para el Director y su familia existían en la segunda planta, Palma, viudo desde 1911, y sus hijas se establecieron temporalmente en un pequeño inmueble ubicado cerca de la esquina de la hoy alameda Ricardo Palma, y la actual avenida Larco, el mismo que fue demolido cuando se trazó la avenida Arequipa y se remodeló el parque de Miraflores.
Muy poco tiempo después, la familia Palma se instaló en la casa de una sola planta de adobe, con ventanas decoradas con gruesas jambas y ornamentación floral hecha en yeso, aseguradas con rejas de hierro fundido formando volutas, edificada en 1912 en la esquina de las calles Narciso de la Colina y General Belisario Suárez. Palma alquiló esta sobria y relativamente modesta residencia, que hoy es la Casa Museo que lleva su nombre, y en ella pasó sus últimos años durante los cuales se dirigió esporádicamente a Lima.
El tradicionista, a quien sus hijas llevaban regularmente a pasear a la cercana Alameda, eligió la pieza de la entrada para que fuera su gabinete de trabajo y, pese a su avanzada edad (había llegado a los 80 años), se ocupó de su correspondencia y de recibir a las ilustres personalidades de la cultura peruana y latinoamericana que con gran frecuencia lo visitaban. En lugar destacado de esa habitación se encontraba un retrato del mismo Palma, pintado al óleo por el maestro Teófilo Castillo, fotografías de sus amigos más queridos y algunos de los diplomas que le habían conferido distintas instituciones nacionales y extranjeras. También ocupaba la habitación parte de su biblioteca con libros de autores españoles contemporáneos y de enciclopedistas franceses y, en lugar destacado, la colección de las obras de Voltaire, su material de lectura preferido. El despacho de don Ricardo tenía puerta al pequeño jardín delantero y al patio interior, de modo tal que los invitados de sus hijas no necesitaban pasar por su escritorio, lo que le daba relativa independencia. El resto de la casa eran los dormitorios de sus hijas Angélica, Augusta y Reneé, además del destinado a sí mismo.
Después de la muerte de Palma y de que su familia dejara la casa, el inmueble fue arrendado a otras familias y a partir de la década del 50 dedicado a una la escuela fiscal de enseñanza primaria denominada “Angélica Palma”.
Teniendo en cuenta el valor histórico de la esta casa y la necesidad de rescatarla para memoria de su famoso ocupante, el Frente de Cooperación Cívica de Miraflores inició desde fines de 1959 las gestiones para adquirirla y convertirla en museo y centro de estudios dedicado a la vida y obra del célebre autor de “Tradiciones”. Formaban parte del Frente Cívico distinguidas personalidades, entre ellas Augusta Palma Román, hija de don Ricardo, y Eugenio Alarco, fundador y presidente de la que posteriormente se constituyó como “Fundación Ricardo Palma”.
El 19 de enero de 1962 el gobierno peruano dictó la Ley N° 13898 que declaró la casa “monumento histórico nacional”. Posteriormente, con el legado testamentario de Augusta Palma (fallecida en 1963), un importante aporte de la Municipalidad de Miraflores y donaciones obtenidas por la Fundación Ricardo Palma, fue posible adquirir el inmueble, que ha pasado a ser bien público, lo que da testimonio del aprecio de la comunidad nacional por Ricardo Palma y su obra. Rehabilitada la antigua casa, se recibieron los bienes de Augusta Palma, de otros miembros de la familia y de amigos y admiradores de la obra de don Ricardo, que donaron muebles, objetos personales, libros, cuadros y adornos que fueron del ilustre escritor.
El 6 de octubre de 1969, día en que se recordaba el 50º aniversario del fallecimiento del tradicionista, el local abrió sus puertas al público con el nombre de Museo y Centro de Estudio Ricardo Palma, hoy Casa Museo Ricardo Palma, uno de los lugares emblemáticos de Miraflores. La Casa Museo Ricardo Palma recibe y atiende a personal académico, estudiantes de Lima y provincias, turistas nacionales y extranjeros, quienes aprovechan el programa de visitas guiadas que se ofrece tanto en castellano como en inglés. El programa comprende, además, la entrega de material explicativo y la presentación de un documental sobre Palma. La Casa Museo es administrada por la Municipalidad de Miraflores y la Fundación Ricardo Palma, instituciones que han elegido un Patronato que se encarga de las actividades culturales y de la investigación de la vida y obra del ilustre escritor.

Ricardo Palma y su labor restauradora en la Biblioteca Nacional: una apreciación centenaria

TEODORO HAMPE MARTÍNEZ (*)

Se puede decir que la preeminencia de Ricardo Palma como hombre de letras ha eclipsado virtualmente su labor como bibliotecario o, mejor dicho, restaurador de la Biblioteca Nacional de Lima. Una verdadera comprensión de la vida de Palma, sin embargo, no puede apartarse de su trabajo en esta institución. Los dos, el autor y el bibliotecario, tomados en conjunto, dan una mejor idea del hombre integral. Por un lado, el autor estaba preocupado por conservar el pasado a través de su imaginación y la comprensión de la historia; por otro lado, el bibliotecario se entregó desinteresadamente a la tarea de levantar la moral de la nación peruana, casi devastada por la guerra del Pacífico. El hombre que fue admirado por sus escritos ayudó a instituir un lugar, en definitiva, para que otros siguieran sus pasos, dedicados al estudio y la investigación.

Un conjunto de fuentes variadas nos iluminan sobre la abnegación con que don Ricardo cargó con la responsabilidad que se le había otorgado y abren una ventana sobre algunos de los procedimientos seguidos por él en la administración de la Biblioteca, por cerca de treinta años.

Palma fue, como bien sabemos, conocido internacionalmente por sus Tradiciones Peruanas, una obra fuertemente criticada por su sucesor en la Biblioteca Nacional, Manuel González Prada, por ser anticuada, carente de imaginación y apologética del pasado. Para Prada, Palma representaba la antítesis de sus principios y creencias personales. En el marco de su proclama revanchista, antiespañola y positivista, imbuida de un indigenismo incipiente, tachó la obra palmiana de refranera, grandilocuente y vacía de ideas. La polémica que se suscitó entre ambos intelectuales desde la post-guerra del Pacífico ha vuelto a ser contemplada repetidamente, tal como lo demuestra un repaso a la bibliografía palmista más reciente.

El choque que ocurre entre Palma y Prada en el Perú, no es el mero resultado de accidentes políticos ni tampoco una rencilla personal por laureles literarios. Se ha dicho que el de ellos es el choque dialéctico entre dos tendencias: tradición y renovación. Es el choque entre un conservador, romántico a su manera, y un modernista, mezcla de místico y político.

Sin embargo, las ambientaciones y relatos de las Tradiciones también pueden ser vistos como una declaración políticamente progresista, un concepto que González Prada tal vez no entendió bien. La ironía y el humor son los elementos centrales a lo largo de sus páginas. Palma, que creció en una sociedad donde el poder político y económico estaba en manos del estamento criollo (al cual él no pertenecía de pleno derecho), encontró que esta jerarquización social proveía un objetivo a su ingenio y el anhelo de una estructuración más democrática en el Perú. La suya puede ser descrita, en cierto término, como una reacción intelectual a las desigualdades del país.

1. La Biblioteca Nacional saqueada en la guerra

En 1879, al estallar la guerra del Pacífico, la Biblioteca Nacional había sido reformada bajo la conducción del coronel Manuel de Odriozola y se había organizado de una nueva manera. La Sala “A” contenía los libros utilizados principalmente por estudiantes, libros de referencia, así como los de ciencias puras y aplicadas. La Sala “B” contenía autores de América del Norte y del Sur y estudios históricos y culturales del hemisferio occidental. La Sala “C” fue destinada a contener los libros de historia, arqueología, literatura, lingüística, filosofía y ciencias sociales. La Sala “D” era un depósito de los libros que se estaban catalogando, y la Sala “E” contenía libros relacionados con la teología y aquellos que por una razón u otra no se podían colocar en otras partes de la Biblioteca.

Por un cómputo general, que tomamos de la minuciosa investigación de Alberto Tauro sobre la tarea intelectual de Odriozola, sabemos que había en la Sala “A” 16.612 libros, en la Sala “B” 3.289 libros, 24 atlas y 260 manuscritos, en la Sala “C” 11.744 libros, y en la Sala “E” 4.555 libros. En suma, antes de la guerra, la colección de libros se situaba en algo más de 36.200 volúmenes.

Lo que había sido el edificio de la Biblioteca Nacional, en los claustros del antiguo Colegio Máximo de los jesuitas, fue confiscado para su uso por las tropas chilenas, durante la ocupación de la ciudad de Lima. Muchos de los libros fueron llevados por las tropas a Chile, donde se destinaron a las bibliotecas públicas o fueron vendidos a particulares. Otros muchos fueron llevados por los propios ciudadanos peruanos.

Los productos básicos eran tan escasos en el país que las hojas de los libros eran utilizadas como papel para envolver en las tiendas. Los muebles de la Biblioteca habían sido destruidos o sacados de su lugar. Retratos y cuadros pertenecientes a ella habían desaparecido también. Sus estantes parecían como espejos de la desolación. De hecho, al final de la guerra no había prácticamente ninguna biblioteca. A propósito, una de las manifestaciones más frecuentemente citadas se contiene en el primer informe que elevó Ricardo Palma al Ministerio de Justicia e Instrucción, tras haber asumido el cargo de director de la Biblioteca Nacional. En este escrito, fechado el 14 de noviembre de 1883, apuntaba descarnadamente (y quizá con un poco de exageración): «Biblioteca no existe; pues, de los cincuenta y seis mil volúmenes que ella contuvo, sólo he encontrado setecientos treinta y ocho, en su mayor parte de obras en latín, y aun estas truncas».

Ya en su primera memoria, Palma subraya su confianza y fe en la cultura e ilustración de sus compatriotas y su capacidad mutua de contrarrestar lo perpetrado por “la belicosa locura de un soldado”. En efecto, él se consagró a la tarea como padre amante de su hija predilecta. Indudablemente llegó a conocer al dedillo muchos, si no todos, los infolios y ediciones que reunió, lo cual se patentiza en las numerosas acotaciones que inscribió en los libros que por sus manos pasaron.

Sin embargo, Palma se fue dando cuenta de que ninguno de los gobiernos iba a ser el apoyo que él, de forma optimista, esperaba. A tal punto que, pese a ser el escritor más importante del país, no era recibido siquiera por su amigo, el Presidente Nicolás de Piérola. En una carta para Hernán Velarde, plenipotenciario destinado en Petrópolis, nuestro personaje es muy tajante:

«Ni mi afán de veinte años por formarle al Perú una Biblioteca valorada en más de medio millón de soles, ni mi perseverante labor literaria de más de medio siglo me han conquistado consideraciones en nuestra tierra. En todas las repúblicas americanas se me estima y se me quiere, y sólo en la patria se me trata con ultrajante desdén, esto es, cuando no se discuten mi persona y merecimientos».

2. Palma, el restaurador

Aunque don Ricardo y su familia quedaron mayormente sanos y salvos, en la invasión y saqueo de 1881 su casa del distrito de Miraflores fue destruida por completo, incluyendo su biblioteca privada. Tal vez este incidente contribuyó a su compromiso personal y su celo en el tratamiento de los libros que serían puestos bajo su cuidado en la Biblioteca Nacional, la cual se convirtió, en cierto modo, en “su” biblioteca. Una interpretación sugestiva ha advertido que la Biblioteca Nacional se erigía en el discurso de Palma como un cuerpo animado en donde se inscribía un destino personal a base de la pasión de fundar y proteger, en el marco de una relación privilegiada de padre a hija. El expolio de los fondos de la Biblioteca es contrarrestado mediante la asunción de la identidad del colector de libros, que progresivamente va eclipsando a su rol de funcionario público.

Como responsable de dicha institución, el tradicionista señaló como su primer objetivo la restauración del edificio, lógicamente. Tuberías de agua rotas y techos y paredes en inminente colapso eran condiciones que tenían que ser reparadas si el establecimiento iba a funcionar. Reparaciones iniciales, por lo tanto, se hicieron. Pero en su informe del 14 de noviembre de 1883, ya citado, Palma se queja aún del ruinoso estado de la Biblioteca y recomienda dos pasos al gobierno: el nombramiento del arquitecto don Manuel Julián San Martín para los trabajos de reparación y la formación de un comité de peruanos notables para supervisar la restauración del edificio.

Ya el 28 de julio del año siguiente, al reabrir sus puertas al público la Biblioteca Nacional, nuestro personaje refiere con satisfacción que el edificio era para entonces funcional y agradece al gobierno del general Iglesias por su rapidez y al arquitecto por su diligente trabajo. Un informe publicado en esa fecha en el diario El Comercio expone sobre el número de libros adquiridos para la institución: 18.630 en el salón Europa, 4.946 en el salón América y 4.318 en el depósito, haciendo un total de 27.894. En su discurso pronunciado en el acto de reapertura, Ricardo Palma expresa orgullosamente:

«Puse al servicio de la patria lo poco que de actividad, de inteligencia y de entusiasmo pude conservar en mi espíritu. Sé que en la milicia de la vida no son laureles todo lo que se cosecha, que no hay campos sin abrojos y espinas […] y que acaso no faltará alguien que diga que en ocho meses era imposible organizar la Biblioteca».

A través de sus conexiones sociales y literarias, y de su determinación, Palma fue capaz de reconstituir esa institución pública. Seguro de sí mismo y con tenaz perseverancia, él reflejaba y encarnaba las necesidades de la nación vencida en la guerra y debilitada espiritualmente. Con su prestigio internacional y sus numerosos amigos, fue en muchos sentidos el único individuo capaz en ese momento de tener éxito en la reconstrucción de la Biblioteca limeña. Estas cualidades y conexiones resultaron ser más importantes para el éxito de Palma que sus conocimientos técnicos o habilidades administrativas.

Los portavoces de la vanguardia suponían que la especialización institucional favorecería un mejor proceso de adquisición de los libros, de tal manera que el patrimonio de la Biblioteca creciera en representatividad y calidad según los cánones comerciales y económicos de la época. El funcionamiento artesanal y la prevalencia de una dirección centralizada de tinte enciclopédico, al estilo de Palma, no correspondían a los signos de una modernidad bibliotecaria.

3. Palma, el líder carismático

Según ha explicado el profesor Vicente Revilla en una importante monografía (1993) dedicada a la labor del “bibliotecario mendigo”, Palma, imbuido del sentido de misión que trajo a su nueva responsabilidad, hizo del trabajo como bibliotecario una obra de amor. Para lograr este fin, utilizó todo su prestigio literario y sus relaciones sociales. Pues la disciplina bibliotecológica y la gestión empresarial se hallaban, en ese momento, en sus primeras etapas de desarrollo, la dedicación personal de Palma a la reconstrucción de la Biblioteca Nacional no resultó tan diferente de las prácticas de otros “promotores de proyectos” durante el cambio de siglo. Sin ninguna experiencia especial y sin ningún tipo de capacitación en administración propiamente dicha, don Ricardo logró éxito en sus esfuerzos para reconstituir la institución aprovechando al máximo su capacidad de inspirar entusiasmo en los demás.

Utilizando los conceptos psicológicos de Robert C. Tucker sobre el líder carismático, recogidos en el mencionado ensayo de Revilla («El bibliotecario mendigo», p. 26), se puede decir que Palma fue: [a] un líder que surgió en un momento de tensión social e histórica; [b] un líder que poseía magnetismo y autoseguridad irresistibles, necesarios para el logro de sus objetivos; [c] un mensajero de salvación en un momento en que los factores socio-culturales necesitaban un cambio; [d] un hombre indispensable; y [e] un hombre autoritario. El conjunto de estos elementos sociales y personales permitieron a Palma ser útil a su país y emerger como una figura sólida.

Las habilidades del “bibliotecario mendigo” en la interacción con los demás se basaban en una amplia comprensión de la naturaleza y el comportamiento humanos. Esto fue evidente en su capacidad para llegar a un amplio espectro de personas, tanto dentro como fuera del Perú, en su afán de obtener libros para la Biblioteca. Con respecto a los que le rodeaban, a menudo ganó la estima de muchos que fueron conquistados por su encanto e ingenio. Fue sin duda uno de los hombres más interesantes en el Perú en su tiempo.

Rubén Darío, el ilustre poeta nicaragüense que visitó brevemente Lima en septiembre de 1887, estampó la siguiente impresión de su entrevista con el director de la Biblioteca Nacional:

«Ante una mesa toda llena de papeles nuevos y viejos […] él me recibía con una amable sonrisa, que daba ánimos, debajo de sus espesos y canosos bigotes retorcidos. ¡Figura simpática e interesante en verdad! Mediano de cuerpo, ágil a pesar de su gruesa carga de años, ojos brillantes que hablan y párpados móviles que subrayan, a veces, lo que dicen los ojos, rápido gesto de buen conversador, y palabra fácil y amena».

Lo cierto es que Ricardo Palma, multiplicando su tiempo entre la administración bibliotecaria, participación en instituciones culturales, intercambio de cartas y promoción de la identidad lingüística americana, había conseguido difundir su escritura a nivel nacional e internacional. Su inserción audaz y casi obsesiva en los circuitos comunicativos de la época garantizó para él una presencia de primer rango en los ambientes literarios. El tradicionista poseía ciertamente un gran público lector, condición posibilitante de la ansiada modernización cultural.

4. Los esfuerzos de Palma por obtener ayuda extranjera

Uno de los más importantes objetivos, si no el principal, que se puso a sí mismo el bibliotecario fue buscar donaciones de libros y realizar las mayores adquisiciones para la Biblioteca Nacional. Sin ayuda de nadie, Palma escribió cientos de cartas a personas fuera del Perú ―bibliotecarios, colegas y hombres de estado― pidiendo ayuda para su institución. Muchos respondieron, incluyendo la Smithsonian Institution de Washington, D.C., que envió varias centenas de volúmenes.

Los tres tomos de su Epistolario general (laboriosa edición de Miguel Ángel Rodríguez Rea, 2005) se componen de 596 cartas que Ricardo Palma dirigió a diversos personajes, desde 1846 hasta 1919. Las cartas acompañan e iluminan el curso de su vida personal y nos muestran a Palma en diferentes facetas, incluyendo al “mendigo” de libros. En un perspicaz análisis de esta fuente informativa, Osmar Gonzales Alvarado observa que en dichos tomos se pueden encontrar cartas dirigidas a escritores de otros países, como Argentina, México, Chile, Ecuador o España, por ejemplo, que conforman una incipiente red trasnacional de intercambio de ideas. También se demuestra la preocupación constante del director en dar las mejores condiciones posibles a la Biblioteca Nacional, con el fin de brindar el servicio más adecuado a los ciudadanos. Lamentablemente, esas comunicaciones están contenidas, de manera predominante, de un sentimiento de frustración ante la indolencia de los gobernantes con respecto a las necesidades de la primera institución cultural del país.

Más que cualquier otra cosa, fue la importancia de Palma como autor en el continente americano lo que le permitió solicitar (y obtener) los libros que requería. Incansablemente suplicaba a todo el mundo por donaciones. Esto se hace evidente en las numerosas misivas que escribió desde su despacho, aproximadamente unas ochenta por mes. Palma se dirigió a los presidentes, intelectuales, bibliotecarios y otras personalidades de la comunidad iberoamericana. La recompensa de estos esfuerzos fueron cajas de libros que llegaban casi a diario. El “bibliotecario mendigo”, después de explorar a través de ellas, escribía cartas de recibo y agradecimiento.

Adicionalmente, utilizó sus habilidades de escritura y su reputación como escritor y erudito para buscar libros expatriados durante la guerra del Pacífico. Llegó a escribir al Presidente de Chile, don Domingo Santa María, solicitando sin recelos la devolución de libros hurtados de la Biblioteca en la contienda. El resultado fue que varias cajas de libros se devolvieron a la Biblioteca Nacional.

En efecto, el Presidente Santa María admitió que había en Chile libros tomados de la Biblioteca limeña y atendió el requerimiento de Palma, escribiendo una carta desde Valparaíso el 14 de marzo de 1884. El mandatario se expresaba de la siguiente manera:

«No se ha equivocado usted al creer, como me lo dice en su carta de 20 de febrero, que tendría buena voluntad para devolver a la Biblioteca de Lima los libros que de ahí pudieron sacarse en un momento de ardor bélico […]. A Dios gracias, los tiempos bonancibles vuelven, y usted dejará de andar con una espada al cinto y volverá a tomar la pluma para escribir, como siempre, sabrosos y bien aliñados artículos. Le adjunto la lista de los libros que le envío por el vapor Chile que zarpa mañana de este puerto. Pruébele esta remesa mi deseo de complacer a usted y de hacer fructuosa la tarea que se ha impuesto».

Modernamente, el crítico Antonio Cornejo Polar ha estimado que el trabajo de Palma en la Biblioteca Nacional fue positivo, teniendo en cuenta que no tenía ninguna formación especializada como bibliotecario. En este contexto, según Cornejo, el trabajo de Palma aparece formidable. Él reconstruyó el establecimiento y las colecciones: en otras palabras, cumplió su cometido. El reconocimiento por la labor de Palma en la restauración y fundamentación de la Biblioteca en la posguerra ha sido compartido por otros estudiosos como Jorge Basadre, José Miguel Oviedo y Estuardo Núñez, quienes creen que la importancia de la labor del tradicionista se encuentra no sólo en la restauración del organismo, sino también en la edificación del espíritu nacional.

5. Logros específicos: adquisiciones y donaciones en el Perú

Hay que señalar, asimismo, que Ricardo Palma se impuso el objetivo de asegurar el retorno de los libros perdidos dentro del país. Esto lo logró de diversas maneras. Y está constatado que, al conseguir la recuperación de los impresos a su sitio original, ponía nuestro personaje “en no pocos el origen de su adquisición, constatando en esas anotaciones los nombres de los bodegueros que devolvieron patrióticamente el libro, o del particular que lo compró y lo retornaba a su primitivo dueño”, según precisa su hijo Clemente Palma.

Después de asumir el puesto de bibliotecario, Palma consiguió que el prefecto de Lima, don Ignacio de Osma, expidiera una orden por la cual los libros pertenecientes a la Biblioteca Nacional y que estaban en poder de ciudadanos peruanos ―ya sea en sus casa o sus negocios― tenían que ser devueltos al establecimiento de origen, o si no les recaería una multa. Ese decreto del 5 de noviembre de 1883 dispuso que las personas en posesión de libros, manuscritos, objetos de arte, instrumentos científicos y mobiliario procedentes de la Biblioteca tenían que devolver tales materiales dentro de los quince días siguientes. La gente que entregara las piezas de valor dispersas obtendría, a cambio, un recibo por parte del director Palma. Los que no retornaran los objetos que estaban en su posesión serían multados. Algo parecido a la campaña lanzada en estos tiempos modernos por los responsables de nuestro primer repositorio bibliográfico, que han apelado a la benevolencia del Arzobispado de Lima y de los ciudadanos conscientes, bajo el lema: “Se buscan libros perdidos de la Biblioteca Nacional”.

Aunque los fondos públicos para el incremento de las colecciones eran escasos, la Biblioteca se pudo enriquecer con la juiciosa adquisición de algunas colecciones privadas. También se sabe de las generosas donaciones que hicieron grandes figuras públicas de entonces, replicando con acierto el modelo impuesto por el general San Martín en 1821, al ceder sus propios libros para formar la naciente Biblioteca de Lima. El Presidente Miguel Iglesias, por ejemplo, se desprendió de una valiosa serie de elzevires (textos impresos por un célebre linaje de tipógrafos neerlandeses). Sus contrincantes políticos, Andrés Avelino Cáceres y Nicolás de Pierola, donaron asimismo obras de procedencia europea. Otros aportes al patrimonio bibliográfico provinieron de notables familias de la época, como los Pardo, los Gálvez y los Sáenz.

No es sorprendente saber que Palma hizo poco esfuerzo para catalogar los libros y referenciarlos, concentrándose en cambio en la adquisición, como hemos dicho. Y aunque puede ser acusado de favorecer a la cantidad sobre el contenido, no hay duda de que una biblioteca llena de libros era más alentadora y más propicia al apoyo que una biblioteca vacía. Para más detalle, en una carta dirigida a don Nicolás de Piérola, el 18 de noviembre de 1896, Palma se muestra optimista porque cree que pronto se “podrá estampar que poseemos ya los 35.000 volúmenes que, antes del malón chileno, tuvo la Biblioteca de Lima, en sus tres salones”.

En sus funciones de administrador, la investigación y la planificación no eran elementos propios de su estilo de gestión. Por el contrario, la labor de Palma se basaba en impulsos emocionales. Él sabía dónde estaban los libros y sabía cómo conseguirlos. Una vez que se convirtió en el máximo responsable de la Biblioteca, no perdió un minuto y comenzó a mantener correspondencia con los posibles donantes. Si se le ocurría a Palma que alguien pudiera ser de ayuda para él, no dudaba en enviar al posible adherente una carta.

Se ha apuntado con razón que cuando su pluma apeló a personas, funcionarios e instituciones, tanto en el Perú como en el extranjero, se otorgó un sentido de importancia a esa búsqueda de libros, porque se entendió que la restauración de la Biblioteca Nacional significaba un referente cultural de gran trascendencia para el país. En una perspectiva posmoderna, Beatriz González Stephan ha postulado que en América Latina a través del libro hablaba la “ley del padre”, o sea el Estado. Consecuentemente la biblioteca, no obstante su marginalidad institucional en el quehacer gubernativo, ejercía un rol central, al operar como el lugar desde donde el ente rector hablaba a sus hijos, los ciudadanos.

6. ¿Tenía Palma las aptitudes esenciales de un bibliotecario?

Aunque es poco lo que se encuentra en la literatura respecto a las habilidades técnicas de Palma, un acrimonioso sumario de sus defectos fue escrito por su sucesor y adversario político, Manuel González Prada. Este criticó a Palma en el área del registramiento y manejo de libros, y si hay algo de verdad en ese informe, titulado Nota informativa acerca de la Biblioteca Nacional (1912), debemos tener en cuenta que el viejo director operó de una manera muy personal y aislada. Él debe haber estado muy ocupado con sus muchas responsabilidades y afectado por la falta de suficiente personal.

En su Nota informativa, González Prada acusa a Palma de no haber dejado a salvo un sistema de contabilidad con las cuentas de ingresos y gastos, de dejar a la Biblioteca en un estado de caos, de haber engañado al público con erróneas traducciones de las publicaciones extranjeras, y de confundir las ciudades con los impresores y editores. También culpa a su antecesor por el hecho de que la Biblioteca no tuviera libros representativos de autores asiáticos, y de no tener en cuenta el pasado remoto del Perú al carecer de una fuerte sección relativa a los orígenes incaicos. Estas críticas resultaron muy perturbadoras para el ilustre tradicionista, que contaba ya 79 años de edad. Palma y su hijo Clemente trataron de refutar las acusaciones hechas en su contra con un artículo titulado “Un Catón de alquiler”, en el que defienden su papel en la restauración de la Biblioteca Nacional después de la guerra con Chile.

Correcta en muchos aspectos, la crítica de González Prada al desempeño de don Ricardo en la Biblioteca ha de entenderse en el contexto de la rivalidad que había existido entre estos dos personajes desde los años ochenta del siglo XIX. Nacido en una familia aristocrática y once años más joven que Palma, Prada fue un rebelde en el sentido anarquista. Positivista, librepensador y creyente en la ciencia como fuente del progreso, escribió extensamente sobre los derechos de los trabajadores y campesinos en el Perú. Por lo tanto, el conflicto entre estos dos caracteres era inevitable, o, como insinúa Luis Alberto Sánchez, era algo lógico que ocurriera.

Es evidente que la disputa entre el tradicionista y González Prada se fue volviendo cada vez más personal. Lo que en un principio no era sino una crítica a la literatura y la política de la generación en el poder, se transformó con el paso de los años en un enfrentamiento violento de dos personalidades, hasta reventar en la cuestión del “asalto” a la Biblioteca Nacional.

La acusación de que Palma estampaba los libros de la Biblioteca con su propio nombre y hacía anotaciones personales en ellos, textos que constituían por lo general una breve reseña, también es interesante. Aunque esto puede ser considerado en verdad como un comportamiento poco profesional para un bibliotecario, tanto porque se estropea el libro original como porque tal juzgamiento no brinda un trato justo al autor, la lectura de algunos de los comentarios de Palma es esclarecedora. Estos muestran el ingenio afilado de su crítica literaria, así como un sentido de superioridad bien marcado.

Roy L. Tanner se ha ocupado de analizar esas acotaciones que el “bibliotecario mendigo” inscribió en los libros que por sus manos pasaron, valiéndose tanto de las obras sobrevivientes mismas como de los comentarios de quienes frecuentaron la Biblioteca Nacional antes de su incendio en 1943. Según el palmista norteamericano, más allá del trasfondo polémico de la práctica, no se puede negar que aquellas glosas contribuyen “significativamente a nuestra apreciación y comprensión de Palma como hombre de cultura y crítico literario”.

Tal comportamiento, junto con el hecho de que a menudo escribiera su nombre en los libros, muestra que Palma debía de alguna manera sentir que la Biblioteca Nacional era suya propia. Incluso la llamó repetidamente “mi hija”. Recordando que su biblioteca particular se había perdido en la invasión de la soldadesca chilena, podemos imaginar que el estudioso sentía un cierto privilegio de propiedad por la recepción de tantos libros donados sobre la base de su prestigio literario específico.

En la mentalidad de don Ricardo, sus marcas escriturales completaban el contenido simbólico de los textos. Se ha elucubrado que el bibliotecario reconvertía a cada uno de ellos en “artefacto cultural con autoridad plena frente a un pasado, ya por fin codificado como único y acabado”. Por el contrario, en opinión de González Prada, las anotaciones y sellos de Palma eran como una afrenta que desconocía los límites de la legalidad y el respeto hacia los otros, alterando a su antojo un patrimonio que supuestamente le pertenecía.

7. Una evaluación del trabajo de Palma

Ha llegado el momento de hacer una tabulación de los pros y los contras en el trabajo bibliotecario de Palma, empezando por la ya referida crítica de González Prada. Un buen conocedor del pensamiento de este último, Bruno Podestá, resume el conflicto entre ambos bajo la forma de un “choque dialéctico entre dos tendencias: tradición y renovación”. Es el choque entre un conservador, romántico a su manera, y un modernista, mezcla de místico y político. También era el enfrentamiento, inevitable, de dos generaciones y dos mentalidades.

La polémica tradición-renovación sobrevivirá a los protagonistas del suceso original. Muertos don Ricardo y don Manuel, desaparecen los hombres que personifican la disyuntiva, pero a ellos les siguen las dos propuestas que se han disputado la solución más adecuada a los problemas de la nación. Por un lado está la fidelidad a lo español y la añoranza de una época ya ida; la re-creación de una prosa ya pretérita; la conformidad con gobiernos clericalizantes y conservadores; apatía si no ignorancia frente al problema indígena. Por otro lado está la rebeldía ante el presente y el clamor por la revancha; una prosa innovadora y violenta; la lucha por un Estado laico y un país liberal; indigenismo en ciernes y preocupación por el cambio social.

Más allá de esto, y volviendo al tema central de nuestro ensayo, un examen minucioso constata que Palma se ocupó convenientemente de la organización de los materiales y su puesta a disposición de los lectores, no obstante que hizo de las adquisiciones su principal tarea en sus primeros años como director de la Biblioteca Nacional. Un listado de los libros guardados en el salón América, por ejemplo, se puede considerar como un rudimentario método de catalogación. A diferencia de las bibliotecas norteamericanas, donde los libros eran ordenados de acuerdo a un sistema de clasificación con código (DDC, ideado por Dewey), en Lima había tres salones donde los libros eran separados de acuerdo a la región de origen: libros sobre el Perú, América y Europa.

Si bien el comportamiento autoritario e idiosincrático de Palma en la Biblioteca iba a ser criticado por autoridades posteriores, su estilo de gestión en ella puede ser descrito como eficaz, porque logró que las cosas se hicieran. Pero el éxito del personaje no sólo se basaba en su estilo autoritario. Don Ricardo poseía también un carisma especial, que expresaba su naturaleza artística y su nivel de cultivación; cualidades que fueron muy apreciadas por aquellos que le conocieron.

En marzo de 1912, siguiendo a un altercado con el gobierno de Augusto B. Leguía, Palma renuncia a su cargo de director de la Biblioteca Nacional. Un movimiento de adhesión le rinde homenaje a Palma en el Teatro Municipal y un sinnúmero de acusaciones recaen sobre González Prada por haber aceptado un puesto público. Después del retiro de Palma, su prestigio intelectual y el aprecio por su trabajo bibliotecario salieron ciertamente fortalecidos. Sin embargo, las llamas del incendio de 1943 destruyeron en gran medida el resultado de su obra tenaz.

Sintetizando, el trabajo de Palma se situó como un modelo y un ejemplo para los peruanos que deseaban asociarse a la reconstrucción de su patria tras la derrota con Chile. Probablemente como resultado de un deseo nacional de progreso, combinado con su propia capacidad para llamar a la gente a la acción, el “bibliotecario mendigo” recibió mucho apoyo de sus contemporáneos.

Los sellos, así como las notas marginales, constituyen una manifestación significativa de la personalidad del gran escritor. Quizá fueran también una manifestación de cierto orgullo de parte del restaurador de la Biblioteca, o sea, una manera medianamente consciente de perpetuar su nombre en relación con la institución a la que dio nueva vida. A pesar de esos y otros métodos rudimentarios, la Biblioteca Nacional de Lima funcionó bajo el mando de Palma, de 1883 hasta 1912, en forma adecuada para satisfacer las necesidades de los lectores. Operó sin problemas y eficientemente, pese a que dependía del trabajo múltiple de una serie de bibliotecarios que también estaban comprometidos a servir al público lector.

Por último, un detalle interesante de proyección al futuro. Se aprecia en las cartas de Palma que este tuvo el empeño de solicitar fondos para que se construya un nuevo edificio de la Biblioteca Nacional, el cual debía ser inaugurado en el primer centenario de la Independencia (1921). El director tenía bastante avanzado el proyecto, durante el primer gobierno de Leguía, aun cuando sospechaba que el Ejecutivo no tenía interés de someter el tema al dictamen congresal. En definitiva, don Ricardo fue siempre un hombre unido de modo apasionado al libro y a la biblioteca, a la que entendía como una institución nuclear de la cultura.

(*) Doctor en historia por la Universidad Complutense de Madrid.

El saqueo de la Biblioteca Nacional en 1881


Biblioteca Nacional antes de ser saqueada en 1881

Lima, 4 de marzo de 1881

Desde el 24 de febrero [de 1881] ha principiado en alta escala el [saqueo] de las oficinas y establecimientos públicos. Hasta esa fecha sólo nos habían despojado de las maquinarias de moneda, pól­vora, maestranza y factorías. Hace diez días que el saqueo se ha he­cho extensivo a los museos Raimondi y Anatómico de la Escuela de Medicina, instrumentos de la Escuela de Minas, Biblioteca de la Uni­versidad y Biblioteca Pública, sin que esos caballeros que diz que van a ser gobierno [el gobierno de García Calderón] hayan dado el menor paso para contener tamaño vandalaje. Los muebles de las oficinas de Palacio [de Gobierno] desaparecen y los ar­chivos de [los ministerios de] Relaciones Exteriores y Hacienda se encajonan para ser tras­portados a Chile. Últimamente han encontrado algunos de los docu­mentos relativos al vaporcito Charrúa. Llámame la atención que gran parte de la correspondencia particular de usted [don Nicolás de Piérola] haya caído en poder de los chilenos.

(Palma 1979, 27)

II

Lima, 5 de agosto de 1908

El humo de la batalla de San Juan y Miraflores se había ya disipado, y hacía mes y medio que el afortunado vencedor se enseñoreaba en la capital de la república. Nada hacía recelar un ataque a nuestros centros de ilustración. Desgraciadamente, al regresar a Chile los principales jefes del ejército de ocupación, quedó Lima bajo el mando del general don Pedro Lagos, el que, en los primeros días de marzo [de 1881], cometió el crimen de lesa civilización de considerar los libros como botín de guerra, destruyendo la obra del genio progresista y civilizador de San Martín. Los salones donde vagan las venerandas sombras los bibliotecarios Arce, Paredes, Dávila Condemarín, Pastor y Vigil, sirvieron durante varios meses de cuadra para uno de los batallones, y los volúmenes que no fueron enviados a Santiago se vendieron a vil precio en las bodegas.

(Palma 1908, 778-779)

III

Lima, 5 de abril de 1881

Me honró usted [don Nicolás de Piérola] con el cargo de subdirector de la Biblioteca [Nacional], y cúmpleme en darle cuenta de lo que he hecho para impedir que se llevase a cabo el saqueo de tan importante establecimiento. Desde fines de febrero [de 1881] corrió el rumor de que los chilenos pensaban tras­portar a Santiago la Biblioteca y el Archivo Nacional. Me dirigí al alcalde [Rufino] Torrico, y este caballero me contestó que no encontraba la manera de impedir el atentado. Toqué con el ministro francés, éste dio algunos pasos cerca de las autoridades chilenas y, al cabo, me dijo que sus esfuerzos habían sido estériles.

El coronel [Pedro] Lagos se constituyó un día en la Biblioteca, pidió a [su director, Manuel de] Odriozola las llaves, y desde ese día se principió a encajonar libros, tarea que hasta hoy continúa. Más de la tercera parte de las obras están ya fuera del establecimiento.

Me entendí con el ministro norteamericano y conseguí que admitiera la protesta que en copia acompaño. Odriozola no tuvo incon­veniente para firmarla.

Quise que igual protesta formulara el señor [Manuel María] Bravo, director del Archivo Nacional, pero Bravo se negó, alegando que tal conducta lo indispondría con García Calderón, a quien aceptaba él como gobierno y en cuyo conocimiento había ya puesto el saqueo del Archivo.

Don Sebastián Lorente convino conmigo en protestar también an­te el ministro americano por las expoliaciones de la universidad, y en­tiendo que ha cumplido su promesa.

Si lo creyese usted [don Nicolás de Piérola] conveniente puede hacer publicar la protesta en el Boletín de Junín.

(Palma 1979, 32-33)

IV

Lima, 5 de agosto de 1908

Mi ínclito amigo y antecesor en el cargo de bibliotecario [don Manuel de Odriozola] se vio obligado a asilarse en una legación [de Estados Unidos] por que, septuagenario ya, tuvo la energía patriótica y el valor moral de suscribir la siguiente protesta, que es como una lápida honrosa puesta sobre la Biblioteca que fundara San Martín.

Copia de la protesta se remitió al gobierno [de don Nicolás de Piérola] que residía en Ayacucho, el cual la hizo publicar en el periódico oficial. El general Lynch, que funcionaba en Lima como autoridad superior, ordenó capturar al señor de Odriozola, quien logró asilarse en la legación norteamericana, siendo yo puesto preso, por doce días, abordo de un trasporte chileno, debiendo la libertad a gestión bondadosa de mis amigos el literato, monsieur De Vorges, ministro de Francia, y señor Mello de Albin, ministro del Brasil. El historiador inglés Clemente Markham, en su libro sobre el Perú, impreso en Londres en 1891, ha reproducido este documento.

(Palma 1908, 779)

V

Carta de protesta por el saqueo chileno de la Biblioteca Nacional del Perú

(Redactada por el subdirector de la Biblioteca, Ricardo Palma, y firmada por el director, Manuel de Odriozola)

Lima, 10 de marzo de 1881

Al Excmo. Señor Christiancy, ministro de Estados Unidos en el Perú.

El infrascrito director de la Biblioteca Nacional del Perú, tiene el honor de dirigirse a V. E. pidiéndole haga llegar a conocimiento de su gobierno la noticia del crimen de lesa civilización cometido por la autoridad chilena en Lima. Apropiarse de bibliotecas, archivos, gabinetes de física o anatómicos, obras de arte, instrumentos o aparatos científicos y de todo aquello que es indispensable para el progreso intelectual, es revestir la guerra con carácter de barbarie ajeno a las luces del siglo, a las prácticas del beligerante honrado y a los prin­cipios universalmente acatados del derecho.

La Biblioteca de Lima fue fundada en 1822, pocos meses después de proclamada la independencia del Perú, y se la consideró por los hombres de letras y viajeros ilustres que la han visitado como la primera entre las bibliotecas de la América Latina. Enriquecida por la protección de los gobiernos y por obsequios de los particulares, conta­ba a fines de 1880 muy cerca de cincuenta mil volúmenes impresos y más de ochocientos manuscritos, verdaderas joyas bibliográficas, en­tre las que no escaseaban incunables o libros impresos durante el primer medio siglo posterior al descubrimiento de la imprenta y que, como V. E. sabe, son de inestimable valor; obras rarísimas hoy, esencialmente en los ramos de la historia y literatura; las curiosísimas pro­ducciones de casi todos los cronistas de la América española; y los libros regalados por los gobiernos extranjeros, entre los que figuraba el de V. E. con no despreciable contingente. Tal era, señor ministro, la biblioteca de Lima, biblioteca de que con justicia estábamos or­gullosos los hijos del Perú.

Rendida la capital el 17 de enero [de 1881] a las fuerzas chilenas, tras­currió más de un mes respetando el invasor los establecimientos de instrucción. Nadie podía recelar, sin inferir gratuito agravio al gobierno de Chile, gobierno que decanta civilización y cultura, que para él serían considerados como botín de guerra los útiles de la Universidad, el gabinete anatómico de la Escuela de Medicina, los instrumentos de las Escuelas de Artes y de Minas, los códices del Archivo Nacional, ni los objetos pertenecientes a otras instituciones de carácter puramen­te científico, literario o artístico.

El 26 de febrero [de 1881] se me exigió la entrega de las llaves de la Bi­blioteca, dándose principio al más escandaloso y arbitrario despojo. Los libros son llevados en carretas, y entiendo que se les embarca con destino a Santiago. La Biblioteca, para decirlo todo, ha sido en­trada a saco, como si los libros representaran material de guerra.

Al dirigirme a V. E. hágolo para que ante su ilustrado gobierno, ante América y ante la humanidad entera, conste la protesta que, en nombre de la civilización, de la moral y del derecho, formulo.

Con sentimientos de alta consideración y respeto tengo el honor de ofrecerme de V. E. muy atento seguro servidor.

Manuel de Odriozola

(Palma 1979, 30-31)

Obras citadas

Palma, Ricardo. 1908. Memoria que presenta el Director de la nueva Biblioteca Nacional en la que compendia 25 años de labor. En “Memoria presentada por el Ministro de Justicia, Instrucción y Culto, Dr. D. Carlos A. Washburn al Congreso Ordinario de 1908”. Tomo II (Instrucción). Lima: Imprenta Torres Aguirre.

Palma, Ricardo. 1979. Cartas a Piérola sobre la ocupación chilena de Lima. Introducción y Notas de Rubén Vargas Ugarte, S. J. Lima: Editorial Milla Batres.

(Fuente Blog César Vásquez)

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